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DESVELADAS Y REDUCIDAS A UN MISMO PRINCIPIO, CON UNA EXPLICACIÓN DE LOS JEROGLÍFICOS Y DE LA GUERRA DE TROYA Dom Antoíne-Joseph Pern...
Versículo al azar
El Mensaje Reencontrado
Libro XXVIII
NI REVÉTUE — EL BARRO
27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.
27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
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02 noviembre 2012
(versículos de El mensaje reencontrado)
Rezaremos así para la comunión: «Gracias Señor, que te das a nosotros para nuestra salvación, bajo el velo luminoso de la criatura celeste. Haz que tu vida gloriosa resplandezca en nosotros para siempre, después de haber aniquilado la abominación del pecado de muerte que nos mantiene en la agonía del exilio».
Los verdaderos hijos de la palabra de Dios no están alistados, ni dormidos, ni etiquetados, ni castrados, ni tranquilizados, ni habituados, ni son esclavos, ni están muertos en el mundo.
Los verdaderos hijos de la palabra de Dios permanecen libres, despiertos, amantes, sobrios, creyentes y buscan el todo en todas las cosas, incluso en nada.
Muchos pasan por impíos porque no frecuentan las iglesias, pero están religados a Dios porque cumplen los preceptos de la caridad divina.
Muchos pasan por piadosos porque observan las ceremonias exteriores, pero están excluidos de Dios porque dejan de cumplir los verdaderos preceptos divinos.
Desgraciadamente, los que se han encargado de guiar a los creyentes no penetran sus propias Escrituras y ya no oyen a su propio Señor, pues se han vuelto como funcionarios ciegos y sordos, encerrados en reglamentos muertos y abandonados por el Espíritu Santo que odian por encima de todo.
¿Qué responderán el día del juicio cuando se les vuelva a pedir el talento que han enterrado? Su excesiva prudencia se ha vuelto como la peor ignorancia, como la peor cobardía y como la peor muerte. También éstos se han apoderado de las llaves de la ciencia de Dios y, al no haberla penetrado, ahora impiden a los demás entrar en ella.
Actualmente, experimentamos la cruel verdad de la palabra señorial y vemos a los que se han encargado de transmitir la palabra de Dios enterrarla y sentarse encima, por si acaso un curioso quisiera examinarla de demasiado cerca.
Todos los ricos en dinero, en honores, en diplomas, en grados, en ciencias, en castas, en rangos, en cargos y en empleos están imposibilitados por la pretensión y el orgullo para recibir y penetrar la palabra revelada de Dios.
Estos corrompen sutilmente la palabra de Dios por sus pequeños juicios, otros la desprecian abiertamente en el mundo y todos la tuercen más o menos hábilmente según sus intereses del momento.
Los ídolos de este mundo parecen colmar a quienes los sirven y a quienes los inciensan, pero, en realidad, devoran su substancia más íntima, que es su alma, y ofrecen la muerte a sus adoradores como recompensa última.
Los que se han establecido en la letra ciega y sorda de las Escrituras reveladas ya no pueden recibir nada de la profundidad y de la altura, pues su orgullo les impide aceptar nada del Espíritu Santo que enseña a los corazones humildes y abiertos.
26 septiembre 2012
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
Si no penetramos la enseñanza de nuestra fe, ¿cómo penetraremos las enseñanzas de las doctrinas extranjeras?
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¿Ya no sabemos que todo se nos presenta bajo el velo de los símbolos Sabios y de los personajes santos?
Muchos dudan ahora de su religión y cada uno sale de ella a su manera, como se abandona una casa que amenaza derrumbarse.
¿Cuál es el inteligente que se sumergirá hasta las raíces de su fe, a fin de ser fortalecido en la revelación de Dios?
¡Oh, irrisión!, el Libro de la fe es rechazado por los creyentes ciegos y vanidosos que piensan conocerlo todo de la revelación antigua, cuando ni siquiera están establecidos sobre la corteza de sus Escrituras.
Los solitarios, los extraviados, los rebeldes y los impíos lo recibirán antes que ellos con arrebato y agradecimiento, y heredarán el reino de Dios en lugar de los biempensantes momificados en la letra muerta de sus Escrituras.
No debe haber ninguna coacción en el aprendizaje de la vía de Dios, que es todo amor y todo libertad.
«Los que violentan las almas jóvenes preparan secuaces para el infierno».
El amor y la caridad sólo pueden ser entendidos y practicados por los que primero han entendido y practicado la tolerancia hacia ellos mismos y hacia los demás.
Las iglesias contemporizan con el mundo a fin de mantener a multitudes de tibios en la observancia ciega de los misterios revelados.
Esto es una gran caridad humana pero también es un gran peligro, pues aleja a los mejores de la búsqueda efectiva del misterio santo y Sabio.
Todos se han dormido sobre la promesa divina y se dedican, tranquilamente, a sus asuntos en el mundo, creyéndose automáticamente salvados por la búsqueda y por el don de uno solo.
Y los que intentan actualizar la promesa de Dios, pasan por locos y por heréticos a los ojos de los mediocres dormidos; tan vago y tan lejano les parece el don de Dios.
El fanatismo ciego es ante Dios como la incredulidad y como la impiedad, pues impide conocer el manantial de la gracia y descubrir el océano del amor.
¡Oh, sencillos hijos de Dios!, no rechacéis al Señor a causa de los que le desfiguran y le traicionan en su propia casa.
Id a él con toda confianza en vuestros corazones, servidle y amadle como al mejor de todos vosotros.
Los que nos predican el cielo y se entierran en las pequeñeces de este mundo son hipócritas que siembran el odio hacia Dios en el corazón de los humanos exiliados, en lugar de hacer florecer en él su amor santo y perfecto.
El Libro no está hecho para ser leído en un mundo acelerado. Está destinado a los supervivientes, para el tiempo de su convalecencia entre las ruinas humeantes.
Una sola visita a los abandonados de las prisiones, de los hospitales o de los tugurios vale más que toda una vida de edificantes plegarias en las iglesias mundanas.
Dios reserva una terrible sorpresa a los hipócritas que rezan públicamente y hacen el mal en secreto.
Un impío que socorre a sus hermanos humanos está más cerca de Dios que un creyente que reza públicamente sin hacer nada por nadie.
Así, quien ama y respeta la creación de Dios ya camina en la vía santa que conduce a la vida que no perece.
La maldad de los que dicen ser fieles de Dios se ha vuelto tal que los verdaderos creyentes ya no franquean el umbral de los lugares consagrados, y los abandonados rechazan a Dios como una irrisión o como una carga intolerable.
Hay una podredumbre espantosa entre los biempensantes y una muerte endurecida entre los ateos, pero la peor maldad está realmente en los hipócritas satisfechos de sí mismos.
Nuestros peores enemigos no están fuera, sino realmente entre nosotros, como lobos revestidos de piel de oveja.
Para éstos no habrá perdón de los hombres ni perdón de Dios, porque los traidores y los hipócritas son vomitados por el cielo y por la tierra.
Dicen ser fieles de Dios, pero violan diariamente sus mandamientos.
Pretenden ser biempensantes, pero dicen y hacen el mal todos los días de su vida.
Dicen ser discípulos del Señor, pero se instalan en el mundo sobre las espaldas de los desgraciados.
Todos ellos ya están malditos y excluidos de la salvación de Dios, porque hacen odioso el Nombre divino a los débiles y a los pequeños.
El Señor y todos los Sabios profetas de Dios, ¿no nos besarán en los labios como a uno de los suyos que ha proclamado y manifestado la verdad de Dios en el mundo?
¿Éstos no han sido también calumniados, rechazados, oprimidos y combatidos injustamente por los hipócritas instalados en el mundo, amparándose en el nombre de Dios?
Los que se organizan rica y confortablemente en el mundo para predicar el reino de Dios, son hipócritas que prefieren tener la sombra antes que esperar su luz.
No hay más que un templo de Dios, es el corazón del hombre. Todo lo demás es como un disfraz que sólo contenta a los mediocres ciegos e incurables.
Los que predican la vía del Señor y se instalan en el mundo antes de instalarse en Dios, son hipócritas que engañan a los sencillos y que sólo satisfacen a los mediocres.
Quien ama no expone la palabra «amor» encima de su puerta para justificarse ante el mundo, y quien da no escribe la palabra «caridad» para publicar su beneficencia ante todos.
Cuando veamos las grandes palabras amor y caridad impúdicamente expuestas en el mundo, sabremos que se trata de empresas que apuntan contra nuestra libertad y a nuestro bolsillo.
El Señor, que poseía y era la verdad palpable de Dios, no pedía nada a nadie; lo daba todo a todos y se daba él mismo sin medida.
Los espirituales serán confundidos ante el tribunal de Dios y permanecerán mudos de asombro.
Sólo los operativos alabarán al Todopoderoso sin asombrarse de nada.
¡Qué sorpresa para los que predican la palabra de Dios sin conocer su sentido último, cuando vean con sus ojos y cuando palpen con sus manos la verdad del Único!
Debemos predicar la verdad de Dios, pero sin superioridad y sin arrogancia, porque sólo unos pocos elegidos la conocen espiritualmente y algunos escasísimos Hijos de Dios la poseen corporalmente.
¿Acaso no recibiremos como a un hermano al Señor descendido del cielo y no lo seguiremos fuera del cenagal de la muerte, ya que es la voluntad de Dios?
¿En lugar de rechazarlo profanamente e inmolarlo criminalmente como hacen los malvados aconsejados y cegados por Satán?
28 mayo 2012
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
Los creyentes restaurarán la pureza de la Iglesia de Dios, y los sacerdotes que hayan permanecido fieles a Dios en sus corazones estarán con ellos para la obra de resurrección.
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Los hipócritas y los impíos serán echados fuera del paraíso de Dios, y se acusarán y se desgarrarán mutuamente sin piedad ni perdón en las tinieblas del exilio.
El secreto de Dios es santo, ciertamente, pero las iglesias que lo guardan ya no lo son, desgraciadamente, por culpa de quienes las componen.
Nuestro deber es denunciar la intrusión de los asuntos mundanos en el seno de las iglesias de Dios.
Asimismo, nuestro deber es restituir estas iglesias en la pureza y en la simplicidad primeras, cercanas a la voluntad de Dios y alejadas de las pasiones del mundo.
Los hipócritas, los tibios y los impíos serán expulsados, y todo será renovado en el Señor de vida y de verdad para el bien de su creación fiel.
El que reconoce a Dios por Padre, lo adora en su corazón y obedece su voz, es hijo de Dios y practica la verdadera religión.
Los que viven del trabajo de los demás y se han instalado en la religión como en un queso, no estarán de acuerdo con nosotros, pero ¿lo están con el Señor de verdad?
Muchos creyentes enrolados han llegado hasta el punto de negarse a buscar la salvación de Dios aquí abajo, por el temor inconfesado de encontrarla y de perder así la esperanza de obtenerla en un día lejano, al tiempo que se acomodan al mundo actual. Estos mantienen al Señor en la tumba a fin de organizarse confortablemente en el mundo.
Es como si se negaran a sentarse a la mesa del Señor, prefiriendo la promesa de un salvamento ulterior antes que el banquete de la vida. ¿No es, en realidad, porque prefieren organizarse en este mundo de muerte, antes que establecerse en la vida de Dios?
Los profanos se han infiltrado por todas partes y ahora mandan en el mundo, en las iglesias y en las sociedades iniciáticas.
Es un signo temible del desorden de los espíritus, y pronto habrá un olor de descomposición de las naciones que invadirá el mundo.
Los que nos preconizan el salvamento por la voluntad y el trabajo del hombre son profanos que se creen vanidosamente iniciados en los secretos de Dios.
Cuando de hecho, no son más que juguetes del maligno que lo violenta todo brutalmente, pero que no desanuda nada suavemente ni une nada santamente.
La religión es como el puente que nos religa a la salvación de Dios.
¿Acaso uno se duerme sobre un puente o se instala en él?
Cruzaremos el puente para alcanzar la ciudad santa del Señor de vida, de amor y de paz.
O lo abandonaremos para establecernos en la jungla hostil. Así, de todas formas, no obstruiremos el paso precioso.
Un día, Dios juzgará al mundo vuelto incurable y consumirá por el fuego el hedor de su plaga maligna.
Reunirá los restos y los amasará con el agua del cielo, para hacer con ellos una nueva creación olorosa y sin mancha.
Las iglesias aún creen en el Señor descendido entre nosotros, pero ya no le conocen, ya no le ven, ya no le tocan y ya no le comen más que en imagen.
Su fidelidad, su fe, su esperanza y su amor son milagrosos y merecen la gran recompensa de la vida eterna prometida por el Señor a los que hayan creído en él hasta el final.
Las escuelas religiosas y las escuelas iniciáticas no deben limitar su enseñanza a la búsqueda espiritual; deben conservar el último peldaño, que es la búsqueda substancial olvidada por todos.
25 marzo 2012
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
Las iglesias serían muy necesarias para transmitir la antorcha santa del amor, y los monasterios serían muy útiles para guardar el fuego santo del conocimiento.
La Iglesia es una buena cosa, pero los que la complican, la dividen y la oscurecen son una mala cosa, que no debemos confundir con la buena.
«El Señor reconoce a los suyos en el secreto de sus corazones».
La Iglesia es una buena cosa, pero los que la complican, la dividen y la oscurecen son una mala cosa, que no debemos confundir con la buena.
«El Señor reconoce a los suyos en el secreto de sus corazones».
La Iglesia de dentro, inmortal y pura por la unión de los santos en Dios, es la que debemos honrar en nuestros corazones y no la Iglesia de fuera, temporal y manchada por los hombres, la que debemos idolatrar en el mundo.
Que los guardianes que no pueden trascender las figuras, los símbolos y los ritos de sus religiones no impidan a los que buscan la salvación de Dios ir más allá de las apariencias destinadas a contener a los profanos.
Las iglesias cargan a los creyentes hasta el absurdo y acaban por desanimar a los mejores y eliminar a los vivos, a fuerza de reglamentaciones muertas y exigencias imbéciles.
Dios no es una abstracción delirante del espíritu humano, como podrían hacer creer las descripciones de ciertos creyentes. Es una realidad viva que se ve, que se siente, que se palpa, que se saborea y que da la vida imperecedera. ¿No es suficiente y maravilloso?
El Señor del cielo nos ve. Nos oye y nos aprueba.
¿Qué haremos, pues, con la aprobación o la desaprobación de los que se han encargado de transmitir su doctrina pública en el mundo y no la observan?
El Señor del cielo nos ve. Nos inspira y nos fecunda.
¿Qué haremos, pues, con la aprobación o la desaprobación de los que se han encargado de transmitir su doctrina secreta en los corazones y no la entienden?
En la tierra hay sacerdotes encargados de celebrar un culto que no es más que la imagen y la sombra de las cosas celestes.
PABLO
Dejemos a los creyentes orgullosos que quieren aleccionar a los demás y que se creen automáticamente salvados por las fórmulas y por los símbolos de su religión, que confunden estúpidamente con la realidad viva del don de Dios.
Que los guardianes que no pueden trascender las figuras, los símbolos y los ritos de sus religiones no impidan a los que buscan la salvación de Dios ir más allá de las apariencias destinadas a contener a los profanos.
Las iglesias cargan a los creyentes hasta el absurdo y acaban por desanimar a los mejores y eliminar a los vivos, a fuerza de reglamentaciones muertas y exigencias imbéciles.
Dios no es una abstracción delirante del espíritu humano, como podrían hacer creer las descripciones de ciertos creyentes. Es una realidad viva que se ve, que se siente, que se palpa, que se saborea y que da la vida imperecedera. ¿No es suficiente y maravilloso?
El Señor del cielo nos ve. Nos oye y nos aprueba.
¿Qué haremos, pues, con la aprobación o la desaprobación de los que se han encargado de transmitir su doctrina pública en el mundo y no la observan?
El Señor del cielo nos ve. Nos inspira y nos fecunda.
¿Qué haremos, pues, con la aprobación o la desaprobación de los que se han encargado de transmitir su doctrina secreta en los corazones y no la entienden?
En la tierra hay sacerdotes encargados de celebrar un culto que no es más que la imagen y la sombra de las cosas celestes.
PABLO
Dejemos a los creyentes orgullosos que quieren aleccionar a los demás y que se creen automáticamente salvados por las fórmulas y por los símbolos de su religión, que confunden estúpidamente con la realidad viva del don de Dios.
Consideremos sus sermones, pero consideremos también el barro que les cubre de pies a cabeza y comprenderemos que no predican como salvados sino que gritan como perdidos. Ilustran, sin saberlo, la parábola de los ciegos que conducen a otros ciegos.
Muchos de los que han visto, oído y tocado al Señor no han conocido su doctrina oculta; los que ahora nos predican con imágenes ¿cómo podrían sospechar, el secreto vivo que las anima a todas?
Muchos de los que han visto, oído y tocado al Señor no han conocido su doctrina oculta; los que ahora nos predican con imágenes ¿cómo podrían sospechar, el secreto vivo que las anima a todas?
Que éstos sean prudentes, humildes y tímidos al aleccionarnos acerca del Señor que salva de la muerte; pues ellos mismos no están todavía salvados ni iluminados en Dios.
No hemos venido a dar el agua a los que creen estúpidamente apagar su sed recitando la fórmula del agua y que rechazan la copa de la vida.
La aristocracia cristiana del conocimiento ha sido decapitada desde el comienzo, y los símbolos, las personas, los ritos y los sacramentos han sustituido la realidad transcendente del misterio divino.
No hemos venido a dar el agua a los que creen estúpidamente apagar su sed recitando la fórmula del agua y que rechazan la copa de la vida.
La aristocracia cristiana del conocimiento ha sido decapitada desde el comienzo, y los símbolos, las personas, los ritos y los sacramentos han sustituido la realidad transcendente del misterio divino.
Así, los que orgullosamente han creído ser los más iluminados se han vuelto idólatras, ciegos y supersticiosos sin saberlo y, exigiendo la fe ciega para todos, han vuelto a poner la luz de Dios bajo el celemín y ellos mismos se han privado de ella.
Los incrédulos pueden convertirse y acercarse al misterio de vida para ser salvados, pero ¿los creyentes que se han encerrado en las imágenes muertas del secreto de Dios, cómo podrán descubrir la realidad tangible del Señor descendido del cielo y que salva de la muerte?
Los incrédulos pueden convertirse y acercarse al misterio de vida para ser salvados, pero ¿los creyentes que se han encerrado en las imágenes muertas del secreto de Dios, cómo podrán descubrir la realidad tangible del Señor descendido del cielo y que salva de la muerte?
Más vale no conocer nada que conocer algo a medias y permanecer obstinadamente fijado en ello, creyéndose instruido del todo. Por perfecta que pueda ser, la imagen de una flor no tiene perfume y la de un pan no sacia.
Los que se borran constantemente ante Dios y los que proclaman su nada ante Dios, ¿pueden ser los enemigos de Dios?
Responded, ¡oh, hipócritas, que fingís adorar al Señor y, solapadamente, os anteponéis en todas las ocasiones a la prioridad del Único!
¿No nos hemos sometido a los mandamientos de Dios tanto como lo permite nuestra debilidad? Y si reprendemos la debilidad de los servidores de Dios, ¿acaso no es para volver más resplandeciente y pura la palabra de Dios en el mundo entenebrecido?
Los que hacen alarde de representar a Dios sobre la tierra de los hombres deben necesariamente oír lo que Dios les dice cuando le ruegan humildemente que les instruya.
Estos nos dirán sinceramente lo que el Señor les ha revelado respecto al Libro, pero, ¿quizá no los oye o no les contesta? Entonces, ¿cómo pueden prevalerse del Único?
No todos los guardianes de las santas Escrituras están dormidos en una sinecura. Todavía hay algunos que esperan y buscan la salvación de Dios aquí abajo.
Confiamos en la perspicacia de los verdaderos amantes del Único y confiamos en su buena fe, porque son videntes y oyentes de Dios.
Los verdaderos creyentes soportan las contradicciones de los que no creen como ellos y las de los que no creen en nada, porque su esperanza no es vana y su fe no es homicida.
La tolerancia es lo propio de Dios y de los que le pertenecen, así como la intolerancia es lo propio de la Bestia y de los que le sirven. Es una señal infalible que trasciende todas las etiquetas particulares.
Dios quiere una Iglesia viva con el Señor de amor en acción en los corazones de los creyentes, y no una Iglesia muerta llena de hipócritas que no se ocupan más que de sus asuntos y de los del mundo.
Los mediocres y los hipócritas serán desanimados a fin de que la Iglesia subsista más bien en calidad que en cantidad.
Corresponde a los verdaderos creyentes rehacer la Iglesia en su pureza primera. ¡Que todos los que ponen al Señor de vida y su salvación por encima de sus personas y de sus bienes, vengan al Señor en sus corazones a fin de rehacer la unidad del amor en la libertad de los hijos de Dios!
Hay que decirlo, aunque no guste a todos: los creyentes aislados han hecho más por la vida de la Iglesia que los clérigos que nutre en su seno.
El buen pastor vive al día entre su pequeño rebaño como hacía el maestro santo, sin vanas separaciones y sin vanidosas restricciones.
30 diciembre 2011
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
Para los que están en el poder, es más inteligente y más ventajoso, poner a prueba y adoptar a los que tienen la inspiración y los reprenden, que ahogar su voz por el silencio o hacerlos desaparecer por la violencia.
Y los clérigos que han permanecido despiertos y fieles a su Señor, deben ayudar a estos creyentes a restaurar el verdadero culto de Dios, que se realiza dentro del corazón de los hombres, en lugar de formar cuerpo con la frigidez invasora de las piedras muertas.
Y los clérigos que han permanecido despiertos y fieles a su Señor, deben ayudar a estos creyentes a restaurar el verdadero culto de Dios, que se realiza dentro del corazón de los hombres, en lugar de formar cuerpo con la frigidez invasora de las piedras muertas.
Ya que la verdad de Dios siempre vuelve a salir triunfalmente de la prisión tenebrosa donde los pusilánimes la relegan, y siempre germina irresistiblemente de las cenizas con que los malvados la recubren.
Por su mediocridad satisfecha y su hipocresía repulsiva, algunos «biempensantes» asquean incluso a los impíos.
¿Cómo no repugnarían también a los buscadores del Único? Y ¿cómo podrían ser conocidos por Dios?
Los creyentes libres salvarán la Iglesia de Dios, que los religiosos dejan zozobrar miserablemente en los asuntos y las pasiones del mundo. La restablecerán en su pureza fraternal antes del juicio de Dios.
«Son discípulos de Jesús, pero en secreto por temor a los sacerdotes», dice Emmanuel. Pero ¿acaso esto no ocurría ya en tiempo de Jesús? Y ¿acaso esos discípulos no estaban en Dios antes de estar en la historia?
¿Quizá no han dicho nada porque sabían demasiadas cosas sobre Dios y no bastantes sobre el mundo? ¿O bien porque su Señor no les ha mandado hablar ni darse a conocer? Pero, ciertamente, nunca han desaparecido por completo.
¡Ay de vosotros, doctores de la ley!, porque habiendo tomado la llave de la Ciencia, no habéis entrado vosotros mismos, y a los que querían entrar se lo habéis impedido. JESÚS
Algunos han cargado con las santas Escrituras como asnos que llevan un tesoro que son incapaces de utilizar o como perros que guardan un hueso del que no pueden obtener la médula, pero que impiden celosamente que alguien se acerque.
Estos se reconocen enseguida cuando hojean el Libro, y su rabia desborda al instante, pues han monopolizado los misterios de Dios para explotarlos profanamente y en vez de llegar a ser instruidos como su Señor, se han vuelto estúpidos y vanidosos como el demonio al que sirven en secreto.
¿Qué hay de escandaloso para los creyentes instruidos en el hecho de saber que el culto del Señor en realidad se realiza dentro de nuestros corazones, sin intermediarios, y no en imagen sobre los altares de piedra por medio de funcionarios? Sin embargo, éstos son necesarios para guardar y transmitir la revelación de las santas Escrituras.
Los que sienten vértigo se encuentran mejor llevando una venda sobre los ojos y a los inválidos les es más ventajoso utilizar muletas, pero a condición de que quienes los guían no lleven ni venda ni muletas y que no las impongan a los que ven el fondo de las cosas y andan solos hacia la salvación de Dios.
Los religiosos y los creyentes han acabado confundiendo la realidad viva de Dios con los símbolos y las figuras históricas que la velan, lo que les sumerge en la idolatría sin que se den cuenta.
«¿Quién es culpable? ¿El que hace brillar la verdad de Dios o los que no la reciben?»
Los que han transformado la formidable revelación de las santas Escrituras en una moral hipócrita y fangosa, ¿cómo podrían reconocer ahora, bajo las figuras simbólicas de su fe, la verdad increíble del Único Dios y Principio?
Helos aquí como iletrados que defienden ferozmente libros que ninguno de ellos puede leer, pero que todos conocen por las imágenes que los ilustran; y he aquí que rechazan ciegamente a quien ha aprendido de nuevo a leer y quiere hacerles conocer el medio de su salvamento.
¿Cómo no repugnarían también a los buscadores del Único? Y ¿cómo podrían ser conocidos por Dios?
Los creyentes libres salvarán la Iglesia de Dios, que los religiosos dejan zozobrar miserablemente en los asuntos y las pasiones del mundo. La restablecerán en su pureza fraternal antes del juicio de Dios.
«Son discípulos de Jesús, pero en secreto por temor a los sacerdotes», dice Emmanuel. Pero ¿acaso esto no ocurría ya en tiempo de Jesús? Y ¿acaso esos discípulos no estaban en Dios antes de estar en la historia?
¿Quizá no han dicho nada porque sabían demasiadas cosas sobre Dios y no bastantes sobre el mundo? ¿O bien porque su Señor no les ha mandado hablar ni darse a conocer? Pero, ciertamente, nunca han desaparecido por completo.
¡Ay de vosotros, doctores de la ley!, porque habiendo tomado la llave de la Ciencia, no habéis entrado vosotros mismos, y a los que querían entrar se lo habéis impedido. JESÚS
Algunos han cargado con las santas Escrituras como asnos que llevan un tesoro que son incapaces de utilizar o como perros que guardan un hueso del que no pueden obtener la médula, pero que impiden celosamente que alguien se acerque.
Estos se reconocen enseguida cuando hojean el Libro, y su rabia desborda al instante, pues han monopolizado los misterios de Dios para explotarlos profanamente y en vez de llegar a ser instruidos como su Señor, se han vuelto estúpidos y vanidosos como el demonio al que sirven en secreto.
¿Qué hay de escandaloso para los creyentes instruidos en el hecho de saber que el culto del Señor en realidad se realiza dentro de nuestros corazones, sin intermediarios, y no en imagen sobre los altares de piedra por medio de funcionarios? Sin embargo, éstos son necesarios para guardar y transmitir la revelación de las santas Escrituras.
Los que sienten vértigo se encuentran mejor llevando una venda sobre los ojos y a los inválidos les es más ventajoso utilizar muletas, pero a condición de que quienes los guían no lleven ni venda ni muletas y que no las impongan a los que ven el fondo de las cosas y andan solos hacia la salvación de Dios.
Los religiosos y los creyentes han acabado confundiendo la realidad viva de Dios con los símbolos y las figuras históricas que la velan, lo que les sumerge en la idolatría sin que se den cuenta.
«¿Quién es culpable? ¿El que hace brillar la verdad de Dios o los que no la reciben?»
Los que han transformado la formidable revelación de las santas Escrituras en una moral hipócrita y fangosa, ¿cómo podrían reconocer ahora, bajo las figuras simbólicas de su fe, la verdad increíble del Único Dios y Principio?
Helos aquí como iletrados que defienden ferozmente libros que ninguno de ellos puede leer, pero que todos conocen por las imágenes que los ilustran; y he aquí que rechazan ciegamente a quien ha aprendido de nuevo a leer y quiere hacerles conocer el medio de su salvamento.
Estos hacen bien transmitiendo ciegamente los misterios de los que ya no conocen el fundamento, pero ¿cómo pueden opinar acerca de la verdad de una Escritura de la que no tienen la llave?
Ciertamente, Dios los castiga por su vanidosa pretensión. ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a quienes él ama y que le veneran en su corazón!
No tengamos la vanidosa pretensión de acaparar a Dios para nosotros solos, pues el Padre es de todos los que le aman en sus corazones, y no de quienes sermonean profanamente en el mundo.
Cada hombre y cada mujer es sacerdote y sacerdotisa de Dios en su propio hogar, para la conservación y para la transmisión de las santas Escrituras y de sus misterios revelados.
¡Vergüenza para vosotros, clérigos ciegos, porque os habéis alzado orgullosamente como un muro entre Dios y los hombres, en vez de rebajaros humildemente como un puente ante ellos!
Han convertido la leche universal de la santa Iglesia en un queso personal, y se han instalado dentro sin preocuparse de los buscadores, de los fieles y de los abandonados. El Señor los observa a través de la costra tenebrosa del pecado.
Los que tienen la buena voluntad en Dios y no la buena voluntad en ellos mismos trabajarán en restablecer la pureza, la simplicidad, el amor y el conocimiento de la Iglesia en sus corazones y en sus casas, sin ocuparse de las prerrogativas ni de las exclusivas ilusorias de los pastores enorgullecidos.
Los que Dios escoge y a los que envía su Espíritu Santo son necesariamente superiores a los que los hombres eligen en sus consejos, pues los que ven la luz están por encima de los que palpan las tinieblas. ¿No comprendemos que el don recibido de Dios aventaja la lección aprendida de los hombres y que la luz del cielo realiza la Escritura aquí abajo?
¡Oh, mi Señor!, ¿no oyes a los pastores ignorantes que, para halagar a los mediocres y a los hipócritas, aclaman en el lugar santo la ciencia profana y a sus sabios mercenarios?
La violencia, la ignorancia y la vanidad han invadido sus manos, sus espíritus y sus corazones, y helos aquí extraviando y corrompiendo los rebaños confiados a su protección.
Ilumina a estos ciegos, buen Señor, o vuélvelos mudos, a fin de que la violencia de la ciencia impía no destruya tus imágenes santas y preciosas.
¡Oh, ven, santo Señor!, con tu látigo y tu báculo, con tu vara y tu espada, con tu criba que tría y que separa el buen grano de la cizaña.
(Este es el versículo de la reunión y de la advertencia, que será repetido tres veces)
Los rebaños salvajes son diezmados por las fieras, pero los rebaños guardados acaban en el matadero.
Así pues, que los creyentes se sostengan individualmente en Dios sin exponerse inútilmente en el mundo.
Los impotentes que recitan oraciones ya hechas creen vanidosamente ser los únicos en rezar como es debido, pues ignoran la alabanza a Dios que brota espontáneamente del corazón del santo inspirado.
«Dios juzgará a los moribundos que rechazan a sus vivos y rechazará a los muertos que maltratan a sus enviados».
El Libro no es para los corderos que balan ni para los lobos rapaces. Es para los libres hijos de Dios que bendicen al Señor en sus corazones y que buscan febrilmente su gracia, su amor y su salvación, antes del furor de la nube incandescente que consumirá todas las cosas impuras.
Los sermoneadores han conseguido que el mundo se asquee de Dios y los biempensantes han logrado que se le odie.
Gran éxito, en verdad, del que se felicitan imbécilmente como malos servidores que han echado a los invitados de su amo, pensando sentarse a la mesa en su lugar. Serán ignominiosamente expulsados y reemplazados por nuevos ayudantes más fieles e inteligentes.
Los mediocres y los hipócritas sumergen las iglesias, y los ateos dominan en el mundo. ¿Cómo van a subsistir los creyentes verídicos si el Señor no viene rápidamente a socorrerlos?
¿Quién ha visto jamás una buena cosecha germinar y crecer en un campo de piedras? Sin embargo, todo es posible para el Señor de vida y de amor, que siembra sin medir, incluso en la ceniza muerta.
Recibamos con humildad, pero también con efusión y amor a los que vienen a pedirnos información sobre Dios y su salvación, y recomendémosles la lectura asidua de las Escrituras santas y Sabias, en vez de hastiarlos con sermones aburridos y con opiniones arrogantes.
¡Qué dolorosa sorpresa al final de los tiempos, cuando vean a los que despreciaban a causa de su fe obtener la vida eterna, mientras que ellos mismos sólo recogerán una agonía mantenida con parsimonia!
¿Por qué los que nos hablan de Dios se creen obligados a adoptar ese tono pedante o esos trémolos de perros apaleados?
Improvisemos nuestra predicación a fin de que sea vivida en Dios, o bien callemos humildemente en el mundo.
No estamos aquí para esperar que los hombres vengan hacia nosotros en templos muertos, estamos aquí para ir hacia los hombres y para instalar a Dios en sus corazones vivos.
La decadencia de las religiones y de las iniciaciones proviene de que los guardianes, los creyentes y los buscadores toman los símbolos, las figuras y los ritos por el misterio mismo, cuando de hecho no son más que sus imágenes y sus recuerdos.
Las religiones establecidas por los hombres nos proponen la desencarnación en la eternidad del limbo.
La religión revelada de Dios nos propone la encarnación en la eternidad de la vida manifestada.
Ciertos hipócritas nos predican la humildad con una pretensión tal, que no podemos evitar reírnos viéndolos agitarse en el barro donde se las dan de maestros triunfantes.
Luego, ya no reímos, porque de estos falsos humildes transpira una falsa dulzura, una falsa seguridad, una falsa humildad y una falsa sumisión, que son el hedor del demonio oculto bajo el velo de la falsa santidad.
Ciertamente, Dios los castiga por su vanidosa pretensión. ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a quienes él ama y que le veneran en su corazón!
No tengamos la vanidosa pretensión de acaparar a Dios para nosotros solos, pues el Padre es de todos los que le aman en sus corazones, y no de quienes sermonean profanamente en el mundo.
Cada hombre y cada mujer es sacerdote y sacerdotisa de Dios en su propio hogar, para la conservación y para la transmisión de las santas Escrituras y de sus misterios revelados.
¡Vergüenza para vosotros, clérigos ciegos, porque os habéis alzado orgullosamente como un muro entre Dios y los hombres, en vez de rebajaros humildemente como un puente ante ellos!
Han convertido la leche universal de la santa Iglesia en un queso personal, y se han instalado dentro sin preocuparse de los buscadores, de los fieles y de los abandonados. El Señor los observa a través de la costra tenebrosa del pecado.
Los que tienen la buena voluntad en Dios y no la buena voluntad en ellos mismos trabajarán en restablecer la pureza, la simplicidad, el amor y el conocimiento de la Iglesia en sus corazones y en sus casas, sin ocuparse de las prerrogativas ni de las exclusivas ilusorias de los pastores enorgullecidos.
Los que Dios escoge y a los que envía su Espíritu Santo son necesariamente superiores a los que los hombres eligen en sus consejos, pues los que ven la luz están por encima de los que palpan las tinieblas. ¿No comprendemos que el don recibido de Dios aventaja la lección aprendida de los hombres y que la luz del cielo realiza la Escritura aquí abajo?
¡Oh, mi Señor!, ¿no oyes a los pastores ignorantes que, para halagar a los mediocres y a los hipócritas, aclaman en el lugar santo la ciencia profana y a sus sabios mercenarios?
La violencia, la ignorancia y la vanidad han invadido sus manos, sus espíritus y sus corazones, y helos aquí extraviando y corrompiendo los rebaños confiados a su protección.
Ilumina a estos ciegos, buen Señor, o vuélvelos mudos, a fin de que la violencia de la ciencia impía no destruya tus imágenes santas y preciosas.
¡Oh, ven, santo Señor!, con tu látigo y tu báculo, con tu vara y tu espada, con tu criba que tría y que separa el buen grano de la cizaña.
(Este es el versículo de la reunión y de la advertencia, que será repetido tres veces)
Los rebaños salvajes son diezmados por las fieras, pero los rebaños guardados acaban en el matadero.
Así pues, que los creyentes se sostengan individualmente en Dios sin exponerse inútilmente en el mundo.
Los impotentes que recitan oraciones ya hechas creen vanidosamente ser los únicos en rezar como es debido, pues ignoran la alabanza a Dios que brota espontáneamente del corazón del santo inspirado.
«Dios juzgará a los moribundos que rechazan a sus vivos y rechazará a los muertos que maltratan a sus enviados».
El Libro no es para los corderos que balan ni para los lobos rapaces. Es para los libres hijos de Dios que bendicen al Señor en sus corazones y que buscan febrilmente su gracia, su amor y su salvación, antes del furor de la nube incandescente que consumirá todas las cosas impuras.
Los sermoneadores han conseguido que el mundo se asquee de Dios y los biempensantes han logrado que se le odie.
Gran éxito, en verdad, del que se felicitan imbécilmente como malos servidores que han echado a los invitados de su amo, pensando sentarse a la mesa en su lugar. Serán ignominiosamente expulsados y reemplazados por nuevos ayudantes más fieles e inteligentes.
Los mediocres y los hipócritas sumergen las iglesias, y los ateos dominan en el mundo. ¿Cómo van a subsistir los creyentes verídicos si el Señor no viene rápidamente a socorrerlos?
¿Quién ha visto jamás una buena cosecha germinar y crecer en un campo de piedras? Sin embargo, todo es posible para el Señor de vida y de amor, que siembra sin medir, incluso en la ceniza muerta.
Recibamos con humildad, pero también con efusión y amor a los que vienen a pedirnos información sobre Dios y su salvación, y recomendémosles la lectura asidua de las Escrituras santas y Sabias, en vez de hastiarlos con sermones aburridos y con opiniones arrogantes.
¡Qué dolorosa sorpresa al final de los tiempos, cuando vean a los que despreciaban a causa de su fe obtener la vida eterna, mientras que ellos mismos sólo recogerán una agonía mantenida con parsimonia!
¿Por qué los que nos hablan de Dios se creen obligados a adoptar ese tono pedante o esos trémolos de perros apaleados?
Improvisemos nuestra predicación a fin de que sea vivida en Dios, o bien callemos humildemente en el mundo.
No estamos aquí para esperar que los hombres vengan hacia nosotros en templos muertos, estamos aquí para ir hacia los hombres y para instalar a Dios en sus corazones vivos.
La decadencia de las religiones y de las iniciaciones proviene de que los guardianes, los creyentes y los buscadores toman los símbolos, las figuras y los ritos por el misterio mismo, cuando de hecho no son más que sus imágenes y sus recuerdos.
Las religiones establecidas por los hombres nos proponen la desencarnación en la eternidad del limbo.
La religión revelada de Dios nos propone la encarnación en la eternidad de la vida manifestada.
Ciertos hipócritas nos predican la humildad con una pretensión tal, que no podemos evitar reírnos viéndolos agitarse en el barro donde se las dan de maestros triunfantes.
Luego, ya no reímos, porque de estos falsos humildes transpira una falsa dulzura, una falsa seguridad, una falsa humildad y una falsa sumisión, que son el hedor del demonio oculto bajo el velo de la falsa santidad.
Hipócritas vanidosos, guardad vuestras lecciones para vosotros mismos y ponedlas en práctica, así ya no tendréis que predicarlas a los demás.
Reconocemos a los hipócritas en que jamás confiesan sus faltas y en que jamás se ríen de ellos mismos.
Los que dicen: «Tened paciencia y morid» son criminales si no añaden: «Triunfad y vivid».
Los que dicen: «Triunfad y vivid» son criminales si antes no dicen: «Tened paciencia y morid».
Muchos espíritus débiles se paran en la muerte del Señor y no conciben claramente su resurrección gloriosa. Son sinceros, pero también son siniestros en extremo.
Debemos seguir al Señor más allá de la muerte sobre la cruz del mundo, hasta la resurrección gloriosa y hasta la coronación celeste. ¿Está claro?
¿Abriremos el espíritu a los que se han puesto un saco sobre la cabeza y colocado un peso sobre el corazón?
Hablamos de los creyentes que se duermen en los ritos y en las leyes descuidando el amor y el conocimiento de Dios.
Ahora pregonamos lo que antiguamente se susurraba al oído, porque toda prudencia se ha vuelto inútil. La ignorancia de los hombres en lo que concierne a las cosas santas y Sabias, ¿no ha llegado al colmo?
¿Acaso no se habla abiertamente de los secretos de Dios ante las bestias brutas? Actualmente, los puercos se apartan por sí mismos de la más pequeña gota de rocío y los perros ya no olfatean el olor de las cosas santas.
Reconocemos a los hipócritas en que jamás confiesan sus faltas y en que jamás se ríen de ellos mismos.
Los que dicen: «Tened paciencia y morid» son criminales si no añaden: «Triunfad y vivid».
Los que dicen: «Triunfad y vivid» son criminales si antes no dicen: «Tened paciencia y morid».
Muchos espíritus débiles se paran en la muerte del Señor y no conciben claramente su resurrección gloriosa. Son sinceros, pero también son siniestros en extremo.
Debemos seguir al Señor más allá de la muerte sobre la cruz del mundo, hasta la resurrección gloriosa y hasta la coronación celeste. ¿Está claro?
¿Abriremos el espíritu a los que se han puesto un saco sobre la cabeza y colocado un peso sobre el corazón?
Hablamos de los creyentes que se duermen en los ritos y en las leyes descuidando el amor y el conocimiento de Dios.
Ahora pregonamos lo que antiguamente se susurraba al oído, porque toda prudencia se ha vuelto inútil. La ignorancia de los hombres en lo que concierne a las cosas santas y Sabias, ¿no ha llegado al colmo?
¿Acaso no se habla abiertamente de los secretos de Dios ante las bestias brutas? Actualmente, los puercos se apartan por sí mismos de la más pequeña gota de rocío y los perros ya no olfatean el olor de las cosas santas.
Dios no pide esclavos establecidos en la muerte, sino hijos liberados en la vida. ¡Que los que se sientan esclavos se comporten como esclavos, pero que no condenen a los que, sintiéndose hijos, se comportan como hijos!
¿Los muertos y los agonizantes instalados en este siglo serán acaso los que leerán el Libro de la renovación de la vida? ¡No!, sino sus hijos, que desean el don palpable y no las promesas lejanas.
Muchos creyentes nos recitan su hermosa lección acerca de la sangre de Cristo que salva de la muerte, pero ¿saben de quién hablan y de qué se trata realmente? Que busquen primero al Señor y, cuando lo hayan encontrado, actuarán en lugar de disputar vanamente.
¿No harían mejor en buscar la sangre de este rey del cielo y vivir, en lugar de detenerse en los hábitos de la verdad y corromperse en la muerte?
«Predicar la fórmula del agua no es dar de beber a los que tienen sed».
Los creyentes orgullosos han clavado al maestro dorado en nombre de la ley antigua que explicaba y realizaba ante ellos.
Los creyentes vanidosos ni siquiera verían al maestro santo y Sabio si explicara y realizara de nuevo el evangelio ante ellos.
No predicamos una doctrina de abandono y de disolución en la muerte, predicamos una doctrina de purificación y de coagulación en la vida.
Cristo ha dejado a sus discípulos conocidos la custodia de su palabra santa, pero también ha dejado a sus discípulos secretos la custodia de su palabra Sabia.
¿Los muertos y los agonizantes instalados en este siglo serán acaso los que leerán el Libro de la renovación de la vida? ¡No!, sino sus hijos, que desean el don palpable y no las promesas lejanas.
Muchos creyentes nos recitan su hermosa lección acerca de la sangre de Cristo que salva de la muerte, pero ¿saben de quién hablan y de qué se trata realmente? Que busquen primero al Señor y, cuando lo hayan encontrado, actuarán en lugar de disputar vanamente.
¿No harían mejor en buscar la sangre de este rey del cielo y vivir, en lugar de detenerse en los hábitos de la verdad y corromperse en la muerte?
«Predicar la fórmula del agua no es dar de beber a los que tienen sed».
Los creyentes orgullosos han clavado al maestro dorado en nombre de la ley antigua que explicaba y realizaba ante ellos.
Los creyentes vanidosos ni siquiera verían al maestro santo y Sabio si explicara y realizara de nuevo el evangelio ante ellos.
No predicamos una doctrina de abandono y de disolución en la muerte, predicamos una doctrina de purificación y de coagulación en la vida.
Cristo ha dejado a sus discípulos conocidos la custodia de su palabra santa, pero también ha dejado a sus discípulos secretos la custodia de su palabra Sabia.
Los que transmiten lo de fuera de la revelación divina no deben envidiar, ni renegar, ni perseguir a los que transmiten lo de dentro, pues son hermanos en la unidad del secreto del Único.
Una y otra palabra se completan en la unidad de la revelación divina, como los discípulos conocidos y desconocidos se completan en la unidad de la comunión de vida.
Os proponemos subir y profundizar.
No os proponemos que os durmáis en el mundo, aunque sea sobre la almohada de la fe. ¡Que los que quieran dormir duerman, y que nos ahorren sus vanas explicaciones y sus vanos sermones!¿No ha dicho el maestro: «Nadie puede ir al Padre si el Padre no lo atrae hacia él»? ¡Pues bien!, ahora os decimos «Nadie puede encontrar al Señor del cielo si no lo encarna en sí mismo».
Una y otra palabra se completan en la unidad de la revelación divina, como los discípulos conocidos y desconocidos se completan en la unidad de la comunión de vida.
Os proponemos subir y profundizar.
No os proponemos que os durmáis en el mundo, aunque sea sobre la almohada de la fe. ¡Que los que quieran dormir duerman, y que nos ahorren sus vanas explicaciones y sus vanos sermones!¿No ha dicho el maestro: «Nadie puede ir al Padre si el Padre no lo atrae hacia él»? ¡Pues bien!, ahora os decimos «Nadie puede encontrar al Señor del cielo si no lo encarna en sí mismo».
18 noviembre 2011
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
El que no posee el Espíritu de Dios juzgará el Libro como una cosa aburrida, oscura e inútil, pues demasiados mediocres han desacreditado la palabra inspirada emasculando el verbo de Dios, propagando escritos imbéciles, fabricando imágenes muertas y haciendo comentarios erróneos. En una palabra, utilizando las santas Escrituras para sus pequeñeces de hombres en lugar de servir a la grandeza de las revelaciones divinas.
Mientras ignoremos la vía de Dios y estemos privados de su luz santa, podremos imaginar que somos los únicos en poseer la verdad y en practicar la verdadera religión. Pero cuando penetremos el misterio de la unidad de los santos en Dios, nos quedaremos estupefactos al reconocer, al mismo tiempo, la unidad de las enseñanzas de Dios en el mundo.
Los templos se han convertido en lugares públicos que los profanos pisotean y atraviesan como plazas desiertas; los fieles van allí como quien va a una estación, a un mercado o a una tarea enojosa; y los oficiantes se han instalado allí tras mostradores de venta y de mendicidad.
Un creyente sincero que ruega, alaba y adora a Dios en su corazón vale más ante el Señor que todos los biempensantes que se exhiben complacientemente en los atrios de los templos.
¿Cómo es posible que quienes más se valen de la recomendación de Dios se denuncien y se desgarren, en lugar de amarse y ayudarse mutuamente como hermanos nacidos del mismo Padre y de la misma Madre?
Algunos, por su actitud vanidosa e hipócrita, vuelven el culto de Dios sospechoso o incluso odioso a muchos.
Otros, por un celo ciego, salen de él con estrépito y lo fraccionan al infinito.
Toda esa gente sólo vive de la corteza de las Escrituras y no sospecha la almendra preciosa que encierran.
«El que estudia los libros santos y habla al Señor en su corazón practica la verdadera religión».
Ignoran el sentido oculto de la palabra inspirada, sus explicaciones morales son la prueba entristecedora de ello. Si comprendieran, remontarían al manantial en lugar de perderse en justificaciones ociosas y en disputas imbéciles.
«Dios borrará las patrias, las ideologías, las confesiones y las sectas, pues los creyentes son todos hermanos en la unidad del Único».
Mientras ignoremos la vía de Dios y estemos privados de su luz santa, podremos imaginar que somos los únicos en poseer la verdad y en practicar la verdadera religión. Pero cuando penetremos el misterio de la unidad de los santos en Dios, nos quedaremos estupefactos al reconocer, al mismo tiempo, la unidad de las enseñanzas de Dios en el mundo.
¡Con cuánta crueldad se burlan los impíos de los hipócritas y con cuánta ferocidad los hipócritas condenan a los impíos! Pues, no siendo ni unos ni otros hijos de Dios, su destino es destruirse mutuamente.
Los verdaderos creyentes no se exhiben, no juzgan ni se turban, pues, al tener el espíritu constantemente fijado en Dios, no disponen de tiempo para ocuparse demasiado del mundo ni de sus asuntos.
Ahora, los predicadores ensalzan en el lugar santo a los sabios y sus venenos para adular la ignorancia del mundo y no parecer anticuados, pues la fe, el amor y la ciencia de Dios les parecen demasiado pueriles y pasados de moda y se avergüenzan de la simplicidad de nuestros primeros padres.
Satán lleva tanta ventaja que los santuarios de Dios le sirven ahora de bancos y agencias de propaganda sin que lo sepan.
«¡Oh, Señor compasivo!, ¿quién nos salvará del infierno si tú no vienes rápidamente a socorrernos?»
¿Quién inspira a esos pastores que nos ensalzan el siglo, la fábrica, la máquina, el veneno, la política, el patriotismo, lo social, la inteligencia, el trabajo y la vanidad de los hombres por encima del conocimiento y del amor de Dios?
¿Quién inspira a esos panegiristas del orgullo y de la ceguera humanos?
¡Oh, sacerdotes!, ¡oh, monjes!, ¡oh, laicos!, que aún creéis en Dios dentro de vuestros corazones, desechad la levadura de la ciencia orgullosa de Satán.
Comprended que es vano querer organizar aquí abajo la podredumbre del pecado de muerte. Acordaros de la palabra del maestro que dijo: «Las obras del mundo son malas» y, al igual que él, no temáis el odio del mundo, testimoniándolo ante todos.
Muchos pretenden tener el monopolio exclusivo de Dios y, por consiguiente, cada uno excomulga al vecino en nombre de la gracia, del amor y del conocimiento que manifiestamente no posee.
No nos dejemos marcar, ni enumerar, ni conducir, ni explotar como ganado. Contestemos a los opresores con la sobriedad, con la sencillez, con la caridad de nuestras vidas, y propongámosles la libertad de los creyentes en el seno del Único.
Si el salario de los hipócritas y de los malvados es el infierno, ¿cuál será el castigo de quienes les alientan y bendicen en nombre del Señor de amor y de justicia?
¡Cuan complacientes son con los crímenes de los ganadores, cuan resignados están ante la injusticia que aplasta a los desdichados y cuan pacientes son con el desespero de los abandonados!
Los Sabios ya no guían a las naciones porque parecen demasiado ignorantes en este mundo.
Y los santos ya no inspiran a las iglesias porque no parecen suficientemente «biempensantes».
Es una seguridad para todos negarse a introducir y mantener la muerte dentro de uno mismo y de los demás, cualquiera que sea el motivo alegado por los mercaderes de muerte.
Ninguna fe, ningún socorro, ningún medicamento, ningún alimento, ninguna seguridad deben imponerse por la fuerza a nadie bajo el falaz pretexto de salvarle.
Los profetas nos han hablado de la substancia y de la esencia de Dios, ¡pero nosotros escudriñamos sus textos para descubrir en ellos la historia, la moral, la poesía o la adivinación!
¡Oh, estúpida ceguera de los inteligentes y de los sabios!
¡Oh, mediocridad satisfecha de los creyentes!
La religión y la iniciación transmiten una enseñanza preciosa; nos corresponde resucitarla por nuestra fe, animarla por nuestro amor y manifestarla por nuestro conocimiento.
«Los falsos creyentes son mil veces más repulsivos que los brutos impíos».
¿Qué dirán los hipócritas de aquél que llama a Jesucristo su hermano mayor?
«El silencio, luego la calumnia, después la persecución si les es permitido, ya que habiéndolos abandonado Dios, ahora es el demonio quien los inspira».
¿Cuál será el ridículo de todos los que nos habrán explicado la palabra de Dios sin haberla comprendido ellos mismos? Y ¿cuál será su seguridad ante la evidencia manifestada en el último día?
No buscamos esclavos, ni sectarios, ni ovejas, buscamos hombres y mujeres capaces de vivir santa y libremente en Dios. Pues el tiempo de los rebaños ya pasó y el de la libertad llega.
¡Cuántos de entre los mejores han sido alejados de Dios por la mediocridad de los que enseñan su salvación! ¡Cuál será la confusión de los extraviados que habrán rechazado al Señor a causa de los malos servidores! Pero ¡cuál será la suerte de los servidores mediocres que habrán obstaculizado a los hombres de buena voluntad!
Mientras ignoremos la vía de Dios y estemos privados de su luz santa, podremos imaginar que somos los únicos en poseer la verdad y en practicar la verdadera religión. Pero cuando penetremos el misterio de la unidad de los santos en Dios, nos quedaremos estupefactos al reconocer, al mismo tiempo, la unidad de las enseñanzas de Dios en el mundo.
Los templos se han convertido en lugares públicos que los profanos pisotean y atraviesan como plazas desiertas; los fieles van allí como quien va a una estación, a un mercado o a una tarea enojosa; y los oficiantes se han instalado allí tras mostradores de venta y de mendicidad.
Un creyente sincero que ruega, alaba y adora a Dios en su corazón vale más ante el Señor que todos los biempensantes que se exhiben complacientemente en los atrios de los templos.
¿Cómo es posible que quienes más se valen de la recomendación de Dios se denuncien y se desgarren, en lugar de amarse y ayudarse mutuamente como hermanos nacidos del mismo Padre y de la misma Madre?
Algunos, por su actitud vanidosa e hipócrita, vuelven el culto de Dios sospechoso o incluso odioso a muchos.
Otros, por un celo ciego, salen de él con estrépito y lo fraccionan al infinito.
Toda esa gente sólo vive de la corteza de las Escrituras y no sospecha la almendra preciosa que encierran.
«El que estudia los libros santos y habla al Señor en su corazón practica la verdadera religión».
Ignoran el sentido oculto de la palabra inspirada, sus explicaciones morales son la prueba entristecedora de ello. Si comprendieran, remontarían al manantial en lugar de perderse en justificaciones ociosas y en disputas imbéciles.
«Dios borrará las patrias, las ideologías, las confesiones y las sectas, pues los creyentes son todos hermanos en la unidad del Único».
Mientras ignoremos la vía de Dios y estemos privados de su luz santa, podremos imaginar que somos los únicos en poseer la verdad y en practicar la verdadera religión. Pero cuando penetremos el misterio de la unidad de los santos en Dios, nos quedaremos estupefactos al reconocer, al mismo tiempo, la unidad de las enseñanzas de Dios en el mundo.
¡Con cuánta crueldad se burlan los impíos de los hipócritas y con cuánta ferocidad los hipócritas condenan a los impíos! Pues, no siendo ni unos ni otros hijos de Dios, su destino es destruirse mutuamente.
Los verdaderos creyentes no se exhiben, no juzgan ni se turban, pues, al tener el espíritu constantemente fijado en Dios, no disponen de tiempo para ocuparse demasiado del mundo ni de sus asuntos.
Ahora, los predicadores ensalzan en el lugar santo a los sabios y sus venenos para adular la ignorancia del mundo y no parecer anticuados, pues la fe, el amor y la ciencia de Dios les parecen demasiado pueriles y pasados de moda y se avergüenzan de la simplicidad de nuestros primeros padres.
Satán lleva tanta ventaja que los santuarios de Dios le sirven ahora de bancos y agencias de propaganda sin que lo sepan.
«¡Oh, Señor compasivo!, ¿quién nos salvará del infierno si tú no vienes rápidamente a socorrernos?»
¿Quién inspira a esos pastores que nos ensalzan el siglo, la fábrica, la máquina, el veneno, la política, el patriotismo, lo social, la inteligencia, el trabajo y la vanidad de los hombres por encima del conocimiento y del amor de Dios?
¿Quién inspira a esos panegiristas del orgullo y de la ceguera humanos?
¡Oh, sacerdotes!, ¡oh, monjes!, ¡oh, laicos!, que aún creéis en Dios dentro de vuestros corazones, desechad la levadura de la ciencia orgullosa de Satán.
Comprended que es vano querer organizar aquí abajo la podredumbre del pecado de muerte. Acordaros de la palabra del maestro que dijo: «Las obras del mundo son malas» y, al igual que él, no temáis el odio del mundo, testimoniándolo ante todos.
Muchos pretenden tener el monopolio exclusivo de Dios y, por consiguiente, cada uno excomulga al vecino en nombre de la gracia, del amor y del conocimiento que manifiestamente no posee.
No nos dejemos marcar, ni enumerar, ni conducir, ni explotar como ganado. Contestemos a los opresores con la sobriedad, con la sencillez, con la caridad de nuestras vidas, y propongámosles la libertad de los creyentes en el seno del Único.
Si el salario de los hipócritas y de los malvados es el infierno, ¿cuál será el castigo de quienes les alientan y bendicen en nombre del Señor de amor y de justicia?
¡Cuan complacientes son con los crímenes de los ganadores, cuan resignados están ante la injusticia que aplasta a los desdichados y cuan pacientes son con el desespero de los abandonados!
Los Sabios ya no guían a las naciones porque parecen demasiado ignorantes en este mundo.
Y los santos ya no inspiran a las iglesias porque no parecen suficientemente «biempensantes».
Es una seguridad para todos negarse a introducir y mantener la muerte dentro de uno mismo y de los demás, cualquiera que sea el motivo alegado por los mercaderes de muerte.
Ninguna fe, ningún socorro, ningún medicamento, ningún alimento, ninguna seguridad deben imponerse por la fuerza a nadie bajo el falaz pretexto de salvarle.
Los profetas nos han hablado de la substancia y de la esencia de Dios, ¡pero nosotros escudriñamos sus textos para descubrir en ellos la historia, la moral, la poesía o la adivinación!
¡Oh, estúpida ceguera de los inteligentes y de los sabios!
¡Oh, mediocridad satisfecha de los creyentes!
La religión y la iniciación transmiten una enseñanza preciosa; nos corresponde resucitarla por nuestra fe, animarla por nuestro amor y manifestarla por nuestro conocimiento.
«Los falsos creyentes son mil veces más repulsivos que los brutos impíos».
¿Qué dirán los hipócritas de aquél que llama a Jesucristo su hermano mayor?
«El silencio, luego la calumnia, después la persecución si les es permitido, ya que habiéndolos abandonado Dios, ahora es el demonio quien los inspira».
¿Cuál será el ridículo de todos los que nos habrán explicado la palabra de Dios sin haberla comprendido ellos mismos? Y ¿cuál será su seguridad ante la evidencia manifestada en el último día?
No buscamos esclavos, ni sectarios, ni ovejas, buscamos hombres y mujeres capaces de vivir santa y libremente en Dios. Pues el tiempo de los rebaños ya pasó y el de la libertad llega.
¡Cuántos de entre los mejores han sido alejados de Dios por la mediocridad de los que enseñan su salvación! ¡Cuál será la confusión de los extraviados que habrán rechazado al Señor a causa de los malos servidores! Pero ¡cuál será la suerte de los servidores mediocres que habrán obstaculizado a los hombres de buena voluntad!
23 octubre 2011
Despojemos a los que nos recomiendan la miseria y apaleemos a los que predican la resignación para ver si dicen la verdad.
La violencia puede abatir al mundo por un tiempo, pero no podría convencer a nadie.
Nuestro Dios es quien debemos liberar adentro y no rogar al de los demás afuera.
«El centro del centro».
El conocimiento intelectual que no desemboca en el amor unitivo y en la posesión transformante del Señor es tan ilusorio como el reflejo de la luna en un vaso de agua agitada.
¿De qué sirven todos nuestros trabajos maravillosos si no descubrimos ni incorporamos el Único Esplendor de la vida santificada? ¿De qué sirven los magníficos discursos sobre la luz de Dios si no la vemos ni la comemos santamente?
Hay quien dice ser religioso y santo porque lleva un hábito, como hay quien se proclama inteligente y valiente porque ostenta un diploma o una medalla.
Son tan ignorantes como los que piden dinero para explicar la palabra que no entienden. Por lo menos, estos últimos transmiten, sin saberlo, la ciencia a los hijos de Dios, que saben reconocerla siempre idéntica a sí misma entre todas las Escrituras santas.
¿Alguna vez los pobres, los sencillos, los poetas, los artistas y los santos verdaderos han maldecido y exterminado a sus semejantes en nombre de las Escrituras santas, o de la caridad, o del amor, o de la belleza, o en nombre de Dios y de su justicia?
«Los sectarios, los torturadores y los criminales no son de Dios, ciertamente».
Celebrando los misterios de Dios en un lenguaje muerto, ¿acaso podemos extrañarnos de no ser oídos por los creyentes y de no ser escuchados por los sencillos? Quizás esto deje ahora indiferentes a los pastores y a los rebaños.
¿Por qué los que hacen alarde de enseñar la ley de Dios, de trasmitir su palabra, incluso de hablar en su nombre o de representarle aquí abajo, ignoran los colaboradores que no son de su bando?
¿Por qué rechazan a los creyentes pobres o independientes? ¿Por qué tratan a sus colegas que predican el Único Dios como competidores y a sus fieles como indeseables? Sin embargo, Dios mismo juzga nuestros corazones y no nuestras situaciones y pertenencias.
«¡Benditos sean los santos sacerdotes que predican la salvación de Dios del fin de los tiempos; pero colmados sean los Sabios sacerdotes que enseñan la liberación de Dios desde este tiempo de exilio!»
21 agosto 2011
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
Cuando los burlones estén sumergidos en el fango de
la muerte les preguntaremos: «Y ahora, ¿dónde están vuestros
chistes?». Y no habrá más que aullidos de bestia por toda
respuesta.
Si no podemos ser como el que instruye, esforcémonos al menos en no parecernos a los que extravían.
«¡Señor, libéranos del espíritu rebelde que nos come el corazón!»
Sólo los que han visto al Señor al descubierto pueden enseñar a los hombres y restablecer sus leyes, pero no violentan ninguna criatura, a ejemplo de Dios, su padre.
Los grandes Sabios y los grandes profetas son los pastores de los inmensos rebaños de hombres que pertenecen a Dios.
¿Para qué pueden servirnos los múltiples conocimientos exteriores si ignoramos el centro que los resume todos?
El hombre temible es el que quiere hacer obligatoriamente felices a los demás; después viene el que quiere hacerles desgraciados.
Ninguna religión tiene el monopolio de Dios, ya que él es único y ellas son diversas.
Toda ciencia, toda religión y toda jurisdicción que se aparta de las leyes naturales y divinas es falsa y conduce a la muerte.
Podemos ridiculizar las creencias, corromper las iglesias, complicar las leyes, derrocar los poderes, violentar la naturaleza y trastornar las naciones; de este modo no cambiaremos nada en las tinieblas de nuestros corazones, donde espera con paciencia la luz del mundo.
El amor de Dios y de los hombres jamás debe llegar hasta la demencia, que es una destrucción de uno mismo y de los demás.
La iluminación es a menudo expansiva.
La sabiduría no es jamás fanática.
El hombre santo y Sabio no juzga a nadie, instruye por el ejemplo como hace la naturaleza del Señor.
Rogaremos eficazmente en el deseo, en la imaginación y en el amor; y no con los labios, con los gestos y con el miedo.
Todos pierden su tiempo y su vida ante Dios: creyentes e impíos, honrados y criminales, trabajadores y holgazanes, inteligentes e idiotas, ascetas y libertinos, sabios e ignorantes, genios y mediocres, gloriosos e ignorados, diestros y torpes, jóvenes y viejos, ricos y pobres, civilizados y salvajes, todos, excepto el que busca locamente a su Señor aquí abajo sin distracción ni reposo, excepto el que pone mano en el limo primero y hace la obra de Dios.
Si no podemos ser como el que instruye, esforcémonos al menos en no parecernos a los que extravían.
«¡Señor, libéranos del espíritu rebelde que nos come el corazón!»
Sólo los que han visto al Señor al descubierto pueden enseñar a los hombres y restablecer sus leyes, pero no violentan ninguna criatura, a ejemplo de Dios, su padre.
Los grandes Sabios y los grandes profetas son los pastores de los inmensos rebaños de hombres que pertenecen a Dios.
¿Para qué pueden servirnos los múltiples conocimientos exteriores si ignoramos el centro que los resume todos?
El hombre temible es el que quiere hacer obligatoriamente felices a los demás; después viene el que quiere hacerles desgraciados.
Ninguna religión tiene el monopolio de Dios, ya que él es único y ellas son diversas.
Toda ciencia, toda religión y toda jurisdicción que se aparta de las leyes naturales y divinas es falsa y conduce a la muerte.
Podemos ridiculizar las creencias, corromper las iglesias, complicar las leyes, derrocar los poderes, violentar la naturaleza y trastornar las naciones; de este modo no cambiaremos nada en las tinieblas de nuestros corazones, donde espera con paciencia la luz del mundo.
El amor de Dios y de los hombres jamás debe llegar hasta la demencia, que es una destrucción de uno mismo y de los demás.
La iluminación es a menudo expansiva.
La sabiduría no es jamás fanática.
El hombre santo y Sabio no juzga a nadie, instruye por el ejemplo como hace la naturaleza del Señor.
Rogaremos eficazmente en el deseo, en la imaginación y en el amor; y no con los labios, con los gestos y con el miedo.
Todos pierden su tiempo y su vida ante Dios: creyentes e impíos, honrados y criminales, trabajadores y holgazanes, inteligentes e idiotas, ascetas y libertinos, sabios e ignorantes, genios y mediocres, gloriosos e ignorados, diestros y torpes, jóvenes y viejos, ricos y pobres, civilizados y salvajes, todos, excepto el que busca locamente a su Señor aquí abajo sin distracción ni reposo, excepto el que pone mano en el limo primero y hace la obra de Dios.
05 julio 2011
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
A fuerza de intransigencia y de rigor imbéciles, se aparta a los hombres rectos de las cosas santas.
La simpleza y la pereza de las multitudes hacen del dios vivo un ídolo y de la religión el miedo.
El que ha encontrado a Dios no obliga a nadie a creer. Le basta la plenitud del amor y del conocimiento.
Cuando un pueblo desprecia, maltrata o mata a sus Sabios, sus santos, sus hijos, sus poetas y sus artistas, la nación está cerca de su fin.
El odio que los mediocres sienten por el conocimiento, el amor, la vida, la grandeza y la belleza no tiene límites.
El hombre superior lo realiza todo en solitario. Los hombres inferiores lo corrompen todo en común.
Las religiones, las artes, las ciencias y las leyes no deben ser sometidas a los hombres mediocres que todo lo degradan.
Es fácil imponer su ley por la fuerza, es difícil propagarla por el ejemplo.
Los que desprecian la enseñanza de los antiguos Sabios amontonan la locura sobre la ignorancia y provocan la muerte de todos.
Es mejor actuar con el ejemplo sin querer convencer a nadie, así todos pueden convertirse sin que parezca que ceden ante nadie.
Quienes poseen la ciencia permanecen cuidadosamente ocultos, excepto uno que enseña la vía a los hombres puros.
Quien posee el amor y la sabiduría no juzga nada ni a nadie.
No impongamos nada por la violencia, ni siquiera la verdad, si esto ha de provocar la disputa y el odio.
La voluntad divina no es violenta y su perfección jamás se apresura.
Huyamos de los mediocres que nos hablan de Dios, ya que los muertos no están cualificados para presentar al viviente.
Demasiada gente pretende enseñarnos el sentido oculto de las Escrituras, cuando a la vista está que no gozan de las bendiciones que proporciona tal conocimiento, ya que las obras de vida deben confirmar las palabras santas y Sabias, a ejemplo de la creación que manifiesta la virtud del verbo divino.
«Si somos ignorantes estudiemos la naturaleza y si nos creemos instruidos volvámonos sencillos en Dios».
Muchos sabios creen revelarnos el secreto de los seres y de las cosas, pero ninguno es capaz de comunicarnos la luz del cielo, la única que importa, ya que es la verdad y la vida de Dios.
«Ellos disputan y se pelean estúpidamente por la cáscara, pero el Sabio poseedor se mantiene alejado de la confusión de las palabras vacías y saborea la almendra en secreto».
23 mayo 2011
(versículos de El Mensaje Reencontrado)

Lo propio de la verdad es que se basta a sí misma, quien la posee no intenta convencer a nadie.
La simplicidad y el amor, que se han vuelto ajenos a los hombres, hacen que la palabra más clara sea la más abandonada.
Hacer lo que no se predica y predicar solamente lo que se ha hecho.
No hay nadie por encima de quien conoce a Dios, excepto Dios mismo.
Permanecen ignorantes, orgullosos y estúpidos, Dios se burla de ellos y ellos engañan al mundo.
Cuando las iglesias y los estados se apoyan en la fuerza del mundo, se someten a la muerte, porque el poder de Dios les abandona.
Los que poseen el verdadero poder espiritual controlan sin esfuerzo el poder temporal, no obstante, la coacción y la violencia siempre les son ajenas.
Quisiéramos que no os preocuparais de acusar a quien os reprende, sino más bien que os disgustarais por predicar la verdad y no observarla.
Suscitando santos antes que sabios, mereceremos por fin un Sabio.
Quien está verdaderamente entregado a Dios no lleva ninguna marca especial que lo señale para ser venerado por la multitud.
Está desnudo y pobre en el mundo.
Cuando se busca a Dios no hay tiempo para ocuparse del mundo, de igual manera, cuando se corre tras el mundo no se puede reposar en el Único.
No hay mayor maldición que estar aherrojado en el orgullo del espíritu y en la grosería del sentimiento.
La locura aparente del secreto de Dios excluye a los orgullosos, a los codiciosos y a los impíos.
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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando lo conseguís, hacéis de él un hijo de la gehena dos veces más que vosotros!
JESÚS
Lo propio de la verdad es que se basta a sí misma, quien la posee no intenta convencer a nadie.
La simplicidad y el amor, que se han vuelto ajenos a los hombres, hacen que la palabra más clara sea la más abandonada.
Hacer lo que no se predica y predicar solamente lo que se ha hecho.
No hay nadie por encima de quien conoce a Dios, excepto Dios mismo.
Permanecen ignorantes, orgullosos y estúpidos, Dios se burla de ellos y ellos engañan al mundo.
Cuando las iglesias y los estados se apoyan en la fuerza del mundo, se someten a la muerte, porque el poder de Dios les abandona.
Los que poseen el verdadero poder espiritual controlan sin esfuerzo el poder temporal, no obstante, la coacción y la violencia siempre les son ajenas.
Quisiéramos que no os preocuparais de acusar a quien os reprende, sino más bien que os disgustarais por predicar la verdad y no observarla.
Suscitando santos antes que sabios, mereceremos por fin un Sabio.
Quien está verdaderamente entregado a Dios no lleva ninguna marca especial que lo señale para ser venerado por la multitud.
Está desnudo y pobre en el mundo.
Cuando se busca a Dios no hay tiempo para ocuparse del mundo, de igual manera, cuando se corre tras el mundo no se puede reposar en el Único.
No hay mayor maldición que estar aherrojado en el orgullo del espíritu y en la grosería del sentimiento.
La locura aparente del secreto de Dios excluye a los orgullosos, a los codiciosos y a los impíos.
Muchos parecen estar fuera de la Iglesia y están dentro; muchos que parecen estar dentro, y están fuera.
AGUSTÍN
27 septiembre 2009
(versículos de El Mensaje Reencontrado)
El que está en el error intenta imponerlo a los demás. El que posee la verdad se esfuerza en aplicarla a sí mismo. Esta es la señal que no engaña.
Los hombres puros llegan hasta Dios sin clérigos ni sabios, pues ya son santos en el Señor, que les instruye como quiere, cuando quiere y donde quiere.
No hay salvación colectiva; esta es una creencia de mediocres y de perezosos.
Los muertos se reúnen para orar. Los vivos se aíslan para conversar con Dios.
Nadie buscará a Dios por nosotros. Es una creencia de perezosos y de cobardes.
Las religiones combaten entre sí cuando Dios es mal servido y mal amado.
Las disputas ponen de manifiesto el verdadero interés.
El que está en el error intenta imponerlo a los demás. El que posee la verdad se esfuerza en aplicarla a sí mismo. Esta es la señal que no engaña.
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