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Versículos de El Mensaje Reencontrado A Dios no le interesa mucho nuestra situación en este mundo. Considera, más bien, el estado de...

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El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
30 diciembre 2011
 (versículos de El Mensaje Reencontrado)
 
Cuando los clérigos dejan caer la antorcha de Dios, corresponde a los creyentes recogerla y volver a colocarla sobre el altar para que ilumine de nuevo al mundo entenebrecido.
Para los que están en el poder, es más inteligente y más ventajoso, poner a prueba y adoptar a los que tienen la inspiración y los reprenden, que ahogar su voz por el silencio o hacerlos desaparecer por la violencia.

Y los clérigos que han permanecido despiertos y fieles a su Señor, deben ayudar a estos creyentes a restaurar el verdadero culto de Dios, que se realiza dentro del corazón de los hombres, en lugar de formar cuerpo con la frigidez invasora de las piedras muertas.
Ya que la verdad de Dios siempre vuelve a salir triunfalmente de la prisión tenebrosa donde los pusilánimes la relegan, y siempre germina irresistiblemente de las cenizas con que los malvados la recubren.
Por su mediocridad satisfecha y su hipocresía repulsiva, algunos «biempensantes» asquean incluso a los impíos.
¿Cómo no repugnarían también a los buscadores del Único? Y ¿cómo podrían ser conocidos por Dios?

Los creyentes libres salvarán la Iglesia de Dios, que los religiosos dejan zozobrar miserablemente en los asuntos y las pasiones del mundo. La restablecerán en su pureza fraternal antes del juicio de Dios.

«Son discípulos de Jesús, pero en secreto por temor a los sacerdotes», dice Emmanuel. Pero ¿acaso esto no ocurría ya en tiempo de Jesús? Y ¿acaso esos discípulos no estaban en Dios antes de estar en la historia?

¿Quizá no han dicho nada porque sabían demasiadas cosas sobre Dios y no bastantes sobre el mundo? ¿O bien porque su Señor no les ha mandado hablar ni darse a conocer? Pero, ciertamente, nunca han desaparecido por completo.

¡Ay de vosotros, doctores de la ley!, porque habiendo tomado la llave de la Ciencia, no habéis entrado vosotros mismos, y a los que querían entrar se lo habéis impedido. JESÚS

Algunos han cargado con las santas Escrituras como asnos que llevan un tesoro que son incapaces de utilizar o como perros que guardan un hueso del que no pueden obtener la médula, pero que impiden celosamente que alguien se acerque.
Estos se reconocen enseguida cuando hojean el Libro, y su rabia desborda al instante, pues han monopolizado los misterios de Dios para explotarlos profanamente y en vez de llegar a ser instruidos como su Señor, se han vuelto estúpidos y vanidosos como el demonio al que sirven en secreto.

¿Qué hay de escandaloso para los creyentes instruidos en el hecho de saber que el culto del Señor en realidad se realiza dentro de nuestros corazones, sin intermediarios, y no en imagen sobre los altares de piedra por medio de funcionarios? Sin embargo, éstos son necesarios para guardar y transmitir la revelación de las santas Escrituras.
Los que sienten vértigo se encuentran mejor llevando una venda sobre los ojos y a los inválidos les es más ventajoso utilizar muletas, pero a condición de que quienes los guían no lleven ni venda ni muletas y que no las impongan a los que ven el fondo de las cosas y andan solos hacia la salvación de Dios.

Los religiosos y los creyentes han acabado confundiendo la realidad viva de Dios con los símbolos y las figuras históricas que la velan, lo que les sumerge en la idolatría sin que se den cuenta.
«¿Quién es culpable? ¿El que hace brillar la verdad de Dios o los que no la reciben?»

Los que han transformado la formidable revelación de las santas Escrituras en una moral hipócrita y fangosa, ¿cómo podrían reconocer ahora, bajo las figuras simbólicas de su fe, la verdad increíble del Único Dios y Principio?
Helos aquí como iletrados que defienden ferozmente libros que ninguno de ellos puede leer, pero que todos conocen por las imágenes que los ilustran; y he aquí que rechazan ciegamente a quien ha aprendido de nuevo a leer y quiere hacerles conocer el medio de su salvamento.
Estos hacen bien transmitiendo ciegamente los misterios de los que ya no conocen el fundamento, pero ¿cómo pueden opinar acerca de la verdad de una Escritura de la que no tienen la llave?
Ciertamente, Dios los castiga por su vanidosa pretensión. ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a quienes él ama y que le veneran en su corazón!

No tengamos la vanidosa pretensión de acaparar a Dios para nosotros solos, pues el Padre es de todos los que le aman en sus corazones, y no de quienes sermonean profanamente en el mundo.
Cada hombre y cada mujer es sacerdote y sacerdotisa de Dios en su propio hogar, para la conservación y para la transmisión de las santas Escrituras y de sus misterios revelados.

¡Vergüenza para vosotros, clérigos ciegos, porque os habéis alzado orgullosamente como un muro entre Dios y los hombres, en vez de rebajaros humildemente como un puente ante ellos!
Han convertido la leche universal de la santa Iglesia en un queso personal, y se han instalado dentro sin preocuparse de los buscadores, de los fieles y de los abandonados. El Señor los observa a través de la costra tenebrosa del pecado.

Los que tienen la buena voluntad en Dios y no la buena voluntad en ellos mismos trabajarán en restablecer la pureza, la simplicidad, el amor y el conocimiento de la Iglesia en sus corazones y en sus casas, sin ocuparse de las prerrogativas ni de las exclusivas ilusorias de los pastores enorgullecidos.
 Los que Dios escoge y a los que envía su Espíritu Santo son necesariamente superiores a los que los hombres eligen en sus consejos, pues los que ven la luz están por encima de los que palpan las tinieblas. ¿No comprendemos que el don recibido de Dios aventaja la lección aprendida de los hombres y que la luz del cielo realiza la Escritura aquí abajo?

¡Oh, mi Señor!, ¿no oyes a los pastores ignorantes que, para halagar a los mediocres y a los hipócritas, aclaman en el lugar santo la ciencia profana y a sus sabios mercenarios?
La violencia, la ignorancia y la vanidad han invadido sus manos, sus espíritus y sus corazones, y helos aquí extraviando y corrompiendo los rebaños confiados a su protección.
Ilumina a estos ciegos, buen Señor, o vuélvelos mudos, a fin de que la violencia de la ciencia impía no destruya tus imágenes santas y preciosas.
¡Oh, ven, santo Señor!, con tu látigo y tu báculo, con tu vara y tu espada, con tu criba que tría y que separa el buen grano de la cizaña.
(Este es el versículo de la reunión y de la advertencia, que será repetido tres veces)

Los rebaños salvajes son diezmados por las fieras, pero los rebaños guardados acaban en el matadero.
Así pues, que los creyentes se sostengan individualmente en Dios sin exponerse inútilmente en el mundo.

Los impotentes que recitan oraciones ya hechas creen vanidosamente ser los únicos en rezar como es debido, pues ignoran la alabanza a Dios que brota espontáneamente del corazón del santo inspirado.
«Dios juzgará a los moribundos que rechazan a sus vivos y rechazará a los muertos que maltratan a sus enviados».

El Libro no es para los corderos que balan ni para los lobos rapaces. Es para los libres hijos de Dios que bendicen al Señor en sus corazones y que buscan febrilmente su gracia, su amor y su salvación, antes del furor de la nube incandescente que consumirá todas las cosas impuras.

Los sermoneadores han conseguido que el mundo se asquee de Dios y los biempensantes han logrado que se le odie.
Gran éxito, en verdad, del que se felicitan imbécilmente como malos servidores que han echado a los invitados de su amo, pensando sentarse a la mesa en su lugar. Serán ignominiosamente expulsados y reemplazados por nuevos ayudantes más fieles e inteligentes.
Los mediocres y los hipócritas sumergen las iglesias, y los ateos dominan en el mundo. ¿Cómo van a subsistir los creyentes verídicos si el Señor no viene rápidamente a socorrerlos?
¿Quién ha visto jamás una buena cosecha germinar y crecer en un campo de piedras? Sin embargo, todo es posible para el Señor de vida y de amor, que siembra sin medir, incluso en la ceniza muerta.

Recibamos con humildad, pero también con efusión y amor a los que vienen a pedirnos información sobre Dios y su salvación, y recomendémosles la lectura asidua de las Escrituras santas y Sabias, en vez de hastiarlos con sermones aburridos y con opiniones arrogantes.

¡Qué dolorosa sorpresa al final de los tiempos, cuando vean a los que despreciaban a causa de su fe obtener la vida eterna, mientras que ellos mismos sólo recogerán una agonía mantenida con parsimonia!

¿Por qué los que nos hablan de Dios se creen obligados a adoptar ese tono pedante o esos trémolos de perros apaleados?
Improvisemos nuestra predicación a fin de que sea vivida en Dios, o bien callemos humildemente en el mundo.

No estamos aquí para esperar que los hombres vengan hacia nosotros en templos muertos, estamos aquí para ir hacia los hombres y para instalar a Dios en sus corazones vivos.

La decadencia de las religiones y de las iniciaciones proviene de que los guardianes, los creyentes y los buscadores toman los símbolos, las figuras y los ritos por el misterio mismo, cuando de hecho no son más que sus imágenes y sus recuerdos.

Las religiones establecidas por los hombres nos proponen la desencarnación en la eternidad del limbo.
La religión revelada de Dios nos propone la encarnación en la eternidad de la vida manifestada.

Ciertos hipócritas nos predican la humildad con una pretensión tal, que no podemos evitar reírnos viéndolos agitarse en el barro donde se las dan de maestros triunfantes.
Luego, ya no reímos, porque de estos falsos humildes transpira una falsa dulzura, una falsa seguridad, una falsa humildad y una falsa sumisión, que son el hedor del demonio oculto bajo el velo de la falsa santidad.
Hipócritas vanidosos, guardad vuestras lecciones para vosotros mismos y ponedlas en práctica, así ya no tendréis que predicarlas a los demás.
Reconocemos a los hipócritas en que jamás confiesan sus faltas y en que jamás se ríen de ellos mismos.

Los que dicen: «Tened paciencia y morid» son criminales si no añaden: «Triunfad y vivid».
Los que dicen: «Triunfad y vivid» son criminales si antes no dicen: «Tened paciencia y morid».

Muchos espíritus débiles se paran en la muerte del Señor y no conciben claramente su resurrección gloriosa. Son sinceros, pero también son siniestros en extremo.
Debemos seguir al Señor más allá de la muerte sobre la cruz del mundo, hasta la resurrección gloriosa y hasta la coronación celeste. ¿Está claro?

¿Abriremos el espíritu a los que se han puesto un saco sobre la cabeza y colocado un peso sobre el corazón?
Hablamos de los creyentes que se duermen en los ritos y en las leyes descuidando el amor y el conocimiento de Dios.

Ahora pregonamos lo que antiguamente se susurraba al oído, porque toda prudencia se ha vuelto inútil. La ignorancia de los hombres en lo que concierne a las cosas santas y Sabias, ¿no ha llegado al colmo?
¿Acaso no se habla abiertamente de los secretos de Dios ante las bestias brutas? Actualmente, los puercos se apartan por sí mismos de la más pequeña gota de rocío y los perros ya no olfatean el olor de las cosas santas.
Dios no pide esclavos establecidos en la muerte, sino hijos liberados en la vida. ¡Que los que se sientan esclavos se comporten como esclavos, pero que no condenen a los que, sintiéndose hijos, se comportan como hijos!
¿Los muertos y los agonizantes instalados en este siglo serán acaso los que leerán el Libro de la renovación de la vida? ¡No!, sino sus hijos, que desean el don palpable y no las promesas lejanas.

Muchos creyentes nos recitan su hermosa lección acerca de la sangre de Cristo que salva de la muerte, pero ¿saben de quién hablan y de qué se trata realmente? Que busquen primero al Señor y, cuando lo hayan encontrado, actuarán en lugar de disputar vanamente.
¿No harían mejor en buscar la sangre de este rey del cielo y vivir, en lugar de detenerse en los hábitos de la verdad y corromperse en la muerte?
«Predicar la fórmula del agua no es dar de beber a los que tienen sed».

Los creyentes orgullosos han clavado al maestro dorado en nombre de la ley antigua que explicaba y realizaba ante ellos.
Los creyentes vanidosos ni siquiera verían al maestro santo y Sabio si explicara y realizara de nuevo el evangelio ante ellos.

No predicamos una doctrina de abandono y de disolución en la muerte, predicamos una doctrina de purificación y de coagulación en la vida.

Cristo ha dejado a sus discípulos conocidos la custodia de su palabra santa, pero también ha dejado a sus discípulos secretos la custodia de su palabra Sabia.
Los que transmiten lo de fuera de la revelación divina no deben envidiar, ni renegar, ni perseguir a los que transmiten lo de dentro, pues son hermanos en la unidad del secreto del Único.
Una y otra palabra se completan en la unidad de la revelación divina, como los discípulos conocidos y desconocidos se completan en la unidad de la comunión de vida.

Os proponemos subir y profundizar.
No os proponemos que os durmáis en el mundo, aunque sea sobre la almohada de la fe. ¡Que los que quieran dormir duerman, y que nos ahorren sus vanas explicaciones y sus vanos sermones!¿No ha dicho el maestro: «Nadie puede ir al Padre si el Padre no lo atrae hacia él»? ¡Pues bien!, ahora os decimos «Nadie puede encontrar al Señor del cielo si no lo encarna en sí mismo».