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El Libro está dedicado al mejor de los pueblos

Versículos de El Mensaje Reencontrado A Dios no le interesa mucho nuestra situación en este mundo. Considera, más bien, el estado de...

Versículo al azar

El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
21 julio 2015
Nuestro Abuelo y Padre ha establecido una relación con mi gente, los Sioux. Es nuestro deber hacer un ritual que extienda esa relación a los distintos pueblos de diferentes naciones. ¡Que lo que hagamos aquí sea un ejemplo para otros!

A través de estos rituales se establece una paz triple: La primera paz, la más importante, es aquella que llega dentro del alma de los hombres cuando comprenden su relación, su unión, con el universo y todos sus Poderes, y cuando comprenden que en el centro del universo habita Wakan Tanka, y que ese centro en verdad está en todas partes. Está dentro de cada uno de nosotros. Esa es la Paz verdadera y las demás son sólo reflejos de esto.

La segunda paz es la que se hace entre dos individuos. Y la tercera es la que se hace entre dos naciones.

Pero por encima de todo, debes entender que nunca podrá haber paz entre las naciones mientras no se conozca primero esa paz verdadera dentro del espíritu de los hombres.

Hehaka Sapa (Alce Negro)


Dios es incomprensible para todo lo que no sea él mismo.
La ciencia opera exteriormente.
El conocimiento lo realiza todo adentro.
Cuando pienso en él mi corazón se funde en el agua y mi espíritu vuela en su inmensidad, pero el peso del amor me fija en la paz del centro secreto.
El Mensaje Reecontrado IV: 49-49'
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17 julio 2015

(Estudio comparativo del texto copto de Nag Hammadi con El Mensaje Reencontrado)

76. Dijo Jesús: «El reino del Padre se parece a un comerciante poseedor de mercancías, que encontró una perla. Ese comerciante era sabio: vendió sus mercancías y compró aquella perla única. Buscad vosotros también el tesoro imperecedero allí donde no entran ni polillas para devorar(lo) ni gusano para destruir(lo)».

Todo lo que se destruye rápidamente es del mundo.
Todo lo inmutable es de Dios.
XI: 30

77. Dijo Jesús: «Yo soy la luz que está sobre todos ellos. Yo soy el universo: el universo ha surgido de mí y ha llegado hasta mí. Partid un leño y allí estoy yo; levantad una piedra y allí me encontraréis».

La luz nos viene de los astros y vuelve a los astros, que la restituyen a Dios.
El hombre puro y perfecto es el punto de equilibrio más realizado del Universo.
IX: 31-31'

78. Dijo Jesús: «¿A qué salisteis al campo? ¿Fuisteis a ver una caña sacudida por el viento? ¿Fuisteis a ver a un hombre vestido de ropas finas? [Mirad a vuestros] reyes y a vuestros magnates: ellos son los que llevan [ropas] finas, pero no podrán reconocer la verdad».

El hijo de Dios puede ver y comprender lo que ningún otro siquiera podría oír o sospechar, pues quien es instruido por el Único oye con los oídos y ve con los ojos del Espíritu Santo.
VI: 40

79. Le dijo una mujer de entre la turba: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». El [le] respondió: «Bienaventurados aquellos que han escuchado la palabra del Padre (y) la han guardado de verdad, pues días vendrán en que diréis: Dichoso el vientre que no concibió y los pechos que no amamantaron».

¿Quién conoce mejor al divino Señor de Vida? ¿Los sencillos pastores?
¿Los sabios magos? ¿Los fieles adoradores? ¿Los discípulos benditos? ¿Los creyentes abnegados? O bien ¿aquél que guarda la Virgen santa, le ayuda a dar a luz en secreto y cría al niño venido del cielo?
¡Oh, muy inteligentes!, ¡oh, muy sabios!, ¡oh, muy importantes, contestad si sois capaces de comprender la pregunta!
XXII: 61'

80. Dijo Jesús: «El que haya reconocido al mundo, ha encontrado el cuerpo. Pero de quien haya encontrado el cuerpo, de éste no es digno el mundo».

La separación es el comienzo del trabajo secreto que conduce a Dios. La reunión es su término.
Quién se separe del inmundo encontrará a Dios concentrado en su vida.
VI: 39-39'

81. Dijo Jesús: «Quien haya llegado a ser rico, que se haga rey; y quien detente el poder, que renuncie».

Cuando alcancemos a Dios no omitamos entregárselo todo; si no, le perderíamos enseguida.
Nuestro amor y nuestro conocimiento se fundirán en la unión divina y el reposo vivo será nuestra recompensa eterna.
XI: 70-70'

82. Dijo Jesús: «Quien esté cerca de mí, está cerca del fuego; quien esté lejos de mí, está lejos del Reino».

Dios es como un fuego fijo y seco, oculto en un fuego movedizo y húmedo.
Quien lo descubre posee el dominio de la vida.
El Sabio habla y calla en el mismo instante.
Lo descubre todo, pero no vilipendia nada.
IV: 48-48'

83. Dijo Jesús: «Las imágenes se manifiestan al hombre, y la luz que hay en ellas permanece latente en la imagen de la luz del Padre. Él se manifestará, quedando eclipsada su imagen por su luz».

Cuando el cuerpo maravilloso del Señor triunfante aparezca ante nuestros ojos deslumbrados, alargaremos santamente nuestras manos purificadas, por efecto de la fe agradecida y loca, a fin de constatar, para nuestra inmensa alegría, la realidad tangible del glorioso resucitado que vive más allá de toda muerte.
XXXVIII: 66'

84. Dijo Jesús: «Cuando contempláis lo que se os parece, os alegráis; pero cuando veáis vuestras propias imágenes hechas antes que vosotros —imperecederas y a la vez invisibles—, ¿cuánto podréis aguantar?».

No nos dejemos distraer de nuestra búsqueda por las imágenes del mundo y aún menos por las imágenes de las imágenes del mundo, que son como una vanidad de la vanidad. Contemplemos, más bien, la imagen del Señor en nuestros corazones purificados, hasta que lo encarnemos triunfalmente en la vida que no perece.
XXVIII: 8

85. Dijo Jesús: «El que Adán llegara a existir se debió a una gran fuerza y a una gran riqueza; (sin embargo), no llegó a ser digno de vosotros, pues en el supuesto de que hubiera conseguido ser digno, [no hubiera gustado] la muerte».

La mezcla general se produjo por la interrupción ínfima de la contemplación de Dios por el hombre, que quiso conocer la Nada y el Todo comiendo el fruto mezclado de muerte.
IV: 25

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Fuente del texto (excepto notas comparativas): Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

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14 julio 2015

XIV


¡Míralo, pero no puedes verlo!
Su nombre es Sin-Forma.
¡Escúchalo, pero no puedes oírlo!
Su nombre es Inaudible.
¡Agárralo, pero no puedes atraparlo!
Su nombre es Incorpóreo.
Estos tres atributos son insondables; por ello, se funden en uno.
Su parte superior no es luminosa: su parte inferior no es oscura.
Continuamente fluye lo Innombrable, hasta que retorna al más allá del reino de las cosas.
La llamamos la Forma sin forma, la Imagen sin imágenes.
Lo llamamos lo indefinible y lo inimaginable.
¡Dale la cara y no verás su rostro!
¡Síguelo y no verás su espalda!
Pero, provisto del Tao inmemorial, puedes manejar las realidades del presente.
Conocer los orígenes es iniciarse en el Tao.

Lao Tse


El Señor es cruel, pues se burla incluso de sus santos. Los sumerge en las tinieblas, los ridiculiza, los humilla hasta que sean como cadáveres entre sus manos milagrosas que dan la vida a los muertos.
Estemos atentos a los despreciados, a los débiles y a los sencillos, ya que, a menudo, el Señor se mueve y germina misteriosamente en ellos.
«¡Oh, santa humildad!, ¡oh, santo barro del abismo!, ¡oh, santo caos del comienzo!»
El Mensaje Reencontrado XXI: 33-33'
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13 julio 2015

Hans Christian Andersen

Ilustración de Óscar Martínez
Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

—¡Deben ser vestidos magníficos! —pensó el Emperador—. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela—. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»—, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores —pensó el Emperador—. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! —pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas—. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! —pensó—. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

—¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh, precioso, maravilloso! —respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes—. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

—Nos da una buena alegría —respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

—¿Verdad que es una tela bonita? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto —pensó el hombre—, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

—¡Es digno de admiración! —dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! —pensó el Emperador—. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

—¡Oh, sí, es muy bonita! —dijo—. Me gusta, la apruebo—. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: —¡oh, qué bonito!—, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. —¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!— corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: —¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. —Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

—¡Sí! —asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

—¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva —dijeron los dos bribones— para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

—¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

—El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle — anunció el maestro de Ceremonias.

—Muy bien, estoy a punto —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? — y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

—¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

—¡Pero si no lleva nada! —exclamó de pronto un niño.

—¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! —dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

—¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

—¡Pero si no lleva nada! —gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

FIN

Reprender a un sabio ignorante es hacerse un enemigo y hundirlo en su error para siempre, porque razona acerca de todo, explica los misterios y desvela las Escrituras, pero no posee nada en verdad, ni siquiera la corteza de las cosas.

La astucia del ignorante es explicar lo inexplicable con palabras insensatas, hasta que la confusión sea tal que nadie se atreva a contradecir por temor a parecer atrasado y estúpido.

Es ridículo hablar de lo que no se conoce, sobre todo con palabras desconocidas o prestadas.

Dios posee verdaderamente un humor maravilloso, pues esconde su secreto a los sabios y a los inteligentes que nos explican el Universo, y lo revela a los simples hijos de Dios que ponen más su confianza en su luz de vida que en su propio saber.

El Mensaje Reencontrado IV: 73; X: 21, 22; XXVII: 38'
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12 julio 2015

Louis Cattiaux

Cattiaux, Louis. L'idiote.
Los muertos deben enterrar a sus muertos pues prefieren a éstos incluso antes que al viviente, y es exactamente esto lo que obtienen,  eligen y prefieren y así se juzgan ellos mismos.

En cuanto a nosotros, debemos preferir a Dios antes que a ninguna criatura, a los niños sumisos a Dios antes que a nadie y la salvación de Dios a todo apego ciego y mortal, que nos lleva a la muerte. Puede parecer terrible, pero para los que han elegido a Dios no hay división ni arreglos posibles y su exigencia es total, como también lo es la de Dios, pues aman en Dios y para Dios, y no para ellos mismos.

Todo esto, por así decirlo, debe hacernos palpar la espantosa soledad del ser exiliado de Dios y el espantoso error del apego ciego a las criaturas, que son agonizantes, mediocres, imperfectas y mortales; éste es el espantoso error, preferir a las criaturas apagadas antes que a quien las anima a todas, antes que a sus enviados y a sus hijos vivos, que provienen de Dios y llevan a Dios.

Me pregunto cómo sigo teniendo fuerzas para permanecer aquí ante esta ceguera total que me deja solo e impotente y pienso en aquellas palabras de nuestro Señor, tan terribles y tan ciertas: "El que hace la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana, etc". [Marcos III, 35]

Para que te apegues a Dios y a sus servidores sin preocuparte de los afectos mundanos, pues la vida es lo que recompensará la inteligencia de tu elección y la muerte es, también, lo que sancionará la necedad de tu elección. En cuanto a nosotros, nos basta con mirar al Eterno que vive, sin preocuparnos en exceso por los agonizantes que prefieren permanecer en su muerte ciega y sorda, pues al no tener el espíritu de Dios en ellos no pueden reconocer el espíritu de Dios que les llama, ni preferirlo a la muerte que les habita. "Se dará a los que tienen, y se quitará...". [Mateo XIII, 12]

Huyamos más de los sabios y de los intelectuales impíos que de nadie, pues no bastándoles con estar muertos de espíritu y de corazón, esparcen también a su alrededor la muerte en el espíritu y en el corazón de los creyentes.

Los que se apartan de los hijos de Dios se excluyen y se privan ellos mismos de la salvación de Dios, pues los hijos de Dios ya están colmados del don divino por la eternidad y su suerte depende de Dios y no de los rebeldes ignorantes.

El agua preciosa parece despreciable en su simplicidad, por eso el mundo la abandona; pero la tierra muerta, que parece adornada con tantas promesas, cuesta la vida a los hombres sometidos a la apariencia.
El Mensaje Reencontrado XXVII: 20'; XXXVI: 65'; VII: 32'

Fuente del texto (excepto notas comparativas): Cattiaux, Louis. Florilegio Epistolar.
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10 julio 2015

Texto budista del Majjhima Nikaya
(Sutta pitaka del Canon Pali)

Maejima Sōyū
"El Explorador Chino Chōken sobre una Balsa"
Con el símil de la balsa, os enseño mi doctrina, oh monjes; que está ideada para escapar, no para retenerla. Escuchad con atención y recordad bien lo que voy a decir.

Suponed que un hombre que realiza un largo viaje, halla en su camino una corriente grande y ancha, con el lado de aquí acosado por temores y peligros, y con el lado de allá seguro y libre de temores, sin bote para cruzar la corriente ni puente que lo conduzca hasta la otra orilla. Y suponed que este hombre se dijese: “En verdad esta es una corriente grande y ancha y este lado está lleno de temores y peligros, pero el otro lado es seguro y libre de temores; y no hay bote ni puente por el que pueda pasar de ésta a la otra orilla. ¿Qué tal si junto algunas cañas, varas, hojas y ramas, y las ato todas juntas formando una balsa, y me lanzo con ella, y trabajando con pies y manos  cruzo con seguridad a la otra orilla?”

De modo acorde, oh monjes, suponed que este hombre junte cañas, varas, hojas y ramas, y las ate todas juntas formando una balsa, y se lance con ella, y trabajando con pies y manos  alcance con seguridad la otra orilla. Y ahora, cruzada la corriente y alcanzada la otra orilla, suponed que este hombre dijese: “En verdad esta balsa mía me resultó muy servicial. Sostenido por esta balsa y trabajando con pies y manos crucé a salvo hasta esta otra orilla; ¿qué tal si ahora alzo la balsa sobre mi cabeza o la pongo sobre mi hombro y así voy donde desee ir?”

¿Qué pensáis, oh monjes? ¿Al obrar de este modo, este hombre estaría actuando correctamente respecto a la balsa?

— ¡En verdad que no, oh Señor!

¿Y qué debería hacer entonces este hombre para actuar correctamente respecto a la balsa? Oh monjes, el hombre debería pensar así: “¡En verdad esta balsa me resultó servicial! Sostenido por esta balsa y usando pies y manos, crucé a salvo hasta la otra orilla- ¿Qué tal si dejo la balsa en la orilla o la abandono para que se hunda en el agua, para así seguir mi viaje?”. Obrando así, el hombre actuaría correctamente con respecto a la balsa.

De manera similar, también os enseño mi doctrina, que sirve, oh monjes, para escapar y no para retenerla.

Fuente: D. T Suzuki, “Ensayos sobre el budismo zen”. 
Puedes encontrar más cuentos en: Cuentos de la Magnolia.

La religión es como el puente que nos religa a la salvación de Dios.
¿Acaso uno se duerme sobre un puente o se instala en él?
Cruzaremos el puente para alcanzar la ciudad santa del Señor de vida, de amor y de paz.
O lo abandonaremos para establecernos en la jungla hostil. Así, de todas formas, no obstruiremos el paso precioso.
El Mensaje Reencontrado XXXII: 19-20'
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04 julio 2015

(Estudio comparativo del texto copto de Nag Hammadi con El Mensaje Reencontrado)


66. Dijo Jesús: «Mostradme la piedra que los albañiles han rechazado; ésta es la piedra angular».

El que parece abandonado producirá un tesoro inestimable y el ser aparentemente desheredado se revelará bello como un dios.
La suavidad de la gracia y el poder del amor realizan todos los milagros.
VIII: 15

67. Dijo Jesús: «Quien sea conocedor de todo, pero falle en (lo tocante a) sí mismo, falla en todo».

Si deseamos la instrucción, empecemos por estudiar mil cosas y continuemos estudiando una sola cosa.
XXIII: 54

68. Dijo Jesús: «Dichosos vosotros cuando se os odie y se os persiga, mientras que ellos no encontrarán un lugar allí donde se os ha perseguido a vosotros».

Los malvados ignorantes bien podrán burlarse de él y ridiculizarlo.
Ellos permanecerán exiliados en el mundo tenebroso y se desgarrarán como bestias feroces.
XXXIII: 30, 31

69. Dijo Jesús: «Dichosos los que han sufrido persecución en su corazón: éstos son los que han reconocido al Padre de verdad». (Dijo Jesús): «Dichosos los hambrientos, pues el estómago de aquellos que hambrean se saciará».

Hay sedientos y hambrientos de Dios en todos los pueblos y en todas las naciones. Estos se eligen y se trían ellos mismos, y el Señor les abre la puerta del banquete de vida cuando se presentan santamente a él.
XXVI: 33

70. Dijo Jesús: «Cuando realicéis esto en vosotros mismos, aquello que tenéis os salvará; pero si no lo tenéis dentro, aquello que no tenéis en vosotros mismos os matará».

Seremos iluminados por lo que no habremos inventado y seremos salvados por lo que no habremos hecho. (Palabra extraña para los inteligentes y para los sabios de este mundo.)
XVIII: 52'

71. Dijo Jesús: «Voy a des[truir esta] casa y nadie podrá [re]edificarla».

Debemos pasar por la humildad de la muerte antes de alcanzar la gloria de la resurrección.
No obstante, ciertos elegidos de Dios serán transformados sin pasar por la muerte, pues comen al Señor de vida desde ahora.
XXXI: 38-38'

72. [Un hombre] le [dijo]: «Di a mis hermanos que repartan conmigo los bienes de mi padre». El replicó: «¡Hombre! ¿Quién ha hecho de mí un repartidor?» Y se dirigió a sus discípulos, diciéndoles: «¿Es que soy por ventura un repartidor?».

Todos tienen un oficio, un empleo o una pensión que les permite vivir y prosperar. Sólo el que se ha consagrado a la búsqueda y a la alabanza del Altísimo no recibe ningún salario aquí abajo. Pero ¿su recompensa no es ya visible en el cielo y no está inscrita sobre la tierra de los santos?
Quien haya soportado sin desfallecer la pobreza y el abandono por la gloria de su Señor, un día será colmado de las riquezas del Universo y estará encargado de distribuir el maná de vida a los creyentes caritativos y fieles.
XVII: 46-46'

73. Dijo Jesús: «La cosecha es en verdad abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor que envíe obreros para la recolección».

Deseamos colaborar en la rehabilitación y la reintegración en Dios de todas las criaturas extraviadas en la muerte.
Tal es nuestro deseo, pues el trabajo más noble ante Dios es el de separar con él la luz de las tinieblas y cocer su verdad, hasta el esplendor fijo y perfecto.
XVI: 48

74. El dijo: «Señor, hay muchos alrededor del aljibe, pero no hay nadie dentro del aljibe».

Muchos están llenos de buenas intenciones hacia las santas Escrituras, pero están igualmente llenos de ignorancia en lo que concierne a su significado esencial.
Si poseyéramos una simplicidad y una fe capaces de experimentar lo inverosímil, penetraríamos en el secreto de las palabras divinas y reencontraríamos la inmortalidad del jardín de Dios.
XIX: 22-22'

75. Dijo Jesús: «Muchos están ante la puerta, pero son los solitarios los que entrarán en la cámara nupcial».

Permanezcamos silenciosos y solitarios, escrutemos atentamente la naturaleza movediza, roguemos a Dios con amor y exceso, así llegaremos fácilmente a la luz que pare al Universo.
Las bodas celestes hacen brotar la claridad de las estrellas.
Las bodas terrestres manifiestan el peso y la virtud del oro luminoso.
III: 6-6'

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Fuente del texto (excepto notas comparativas): Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

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