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El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
31 agosto 2015

(Estudio comparativo del texto copto de Nag Hammadi con El Mensaje Reencontrado)


96. [Dijo] Jesús: «El reino del Padre se parece a [una] mujer que tomó un poco de levadura, la [introdujo] en la masa (y) la convirtió en grandes hogazas de pan. Quien tenga oídos, que oiga».



El hombre es el principal fermento de la regeneración del mundo; su acción sobre la tierra es comparable al trabajo de la levadura sobre toda la masa de una pasta.
IX: 36


97. Dijo Jesús: «El reino del [Padre] se parece a una mujer que transporta(ba) un recipiente lleno de harina. Mientras iba [por un] largo camino, se rompió el asa (y) la harina se fue desparramando a sus espaldas por el camino. Ella no se dio cuenta (ni) se percató del accidente. Al llegar a casa puso el recipiente en el suelo (y) lo encontró vacío».

El espíritu recto y simple penetra fácilmente hasta el centro de la tierra donde reposa el oro vivo.
 « Hemos de alcanzar la pobreza absoluta del vacío total para estar exactamente llenos de Dios».
II: 4'

98. Dijo Jesús: «El reino del Padre se parece a un hombre que tiene la intención de matar a un gigante: desenvainó (primero) la espada en su casa (y) la hundió en la pared para comprobar la fuerza de su mano. Entonces dio muerte al gigante».

El hombre corporal muere con tristeza.
El hombre astral pasa con valor.
El hombre espiritual se reúne con Dios con alegría.
Antes de poder saltar al vacío divino es preciso escalar largo tiempo los caminos de la ascesis, so pena de hundirse en el barro del caos.
VIII: 17-17'

99. Los discípulos le dijeron: «Tus hermanos y tu madre están afuera». El les dijo: «Los aquí (presentes) que hacen la voluntad de mi Padre, éstos son mis hermanos y mi madre; ellos son los que entrarán en el reino de mi Padre».

Sólo somos realmente hermanos en Dios, ya que es el único lugar donde no hay separación, ni oscuridad, ni muerte.
Asimismo, la revelación de los Hijos de Dios sólo se deja oír claramente por los corazones depurados por el amor.
XIV: 33'

100. Le mostraron a Jesús una moneda de oro, diciéndole: «Los agentes de César nos piden los impuestos». El les dijo: «Dad a César lo que es de César, dad a Dios lo que es de Dios y dadme a mí lo que me pertenece».

¡Oh, Señor de previsión!, ¿nos habrás dado la simiente demasiado tarde, cuando el corazón de estos hombres estaba ya endurecido como la piedra muerta?
Sin embargo, basta con tu bendición para que incluso la muerte reflorezca magníficamente.
¡Oh, Señor!, si tu quieres, tu talento será enterrado o bien iluminará de nuevo el mundo y nuestros cantos de agradecimiento volverán a enviar tu NOMBRE hasta las estrellas.
Si no, la dispersión, la desgracia y la muerte se abatirán sobre este pueblo impío y tibio.
Y un pequeño resto será salvado y germinará de nuevo en la simplicidad y en el amor del Único.
XXI: 75-75"

101. (Dijo Jesús): «El que no aborreció a su padre y a su madre como yo, no podrá ser [discípulo] mío; y quien [no] amó [a su padre] y a su madre como yo, no podrá ser [discípulo] mío; pues mi madre, la que [...], pero [mi madre] de verdad me ha dado la vida».

El que conoce a la Madre libera al hombre y penetra hasta Dios.
IV: 47'

102. Dijo Jesús: «¡Ay de ellos, los fariseos, pues se parecen a un perro echado en un pesebre de bueyes!: ni come, ni deja comer a los bueyes».

Los que han transformado la formidable revelación de las santas Escrituras en una moral hipócrita y fangosa, ¿cómo podrían reconocer ahora, bajo las figuras simbólicas de su fe, la verdad increíble del Único Dios y Principio?
Helos aquí como iletrados que defienden ferozmente libros que ninguno de ellos puede leer, pero que todos conocen por las imágenes que los ilustran; y he aquí que rechazan ciegamente a quien ha aprendido de nuevo a leer y quiere hacerles conocer el medio de su salvamento.
Estos hacen bien transmitiendo ciegamente los misterios de los que ya no conocen el fundamento, pero ¿cómo pueden opinar acerca de la verdad de una Escritura de la que no tienen la llave?
Ciertamente, Dios los castiga por su vanidosa pretensión. ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a quienes él ama y que le veneran en su corazón!
XXIII: 37-38'

103. Dijo Jesús: «Dichoso el hombre que sabe [por qué] flanco van a entrar los ladrones, de manera que (le dé tiempo a) levantarse, recoger sus [...] y ceñirse los lomos antes de que entren».

La atención que prestamos a la creación de Dios es nuestro salvamento.
XL: 21'

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Fuente del texto (excepto notas comparativas): Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

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21 agosto 2015
Erase una vez un hombre inmensamente rico: varias esposas, un palacio con galerías de mármol rodeando unos jardines donde el agua de los surtidores volvía a caer en haces luminosos sobre mosaicos de oro, multitud de sirvientes. Este hombre, muy absorbido por la gestión regular de sus bienes materiales, era inteligente y valeroso en el trabajo.

Desgraciadamente, sólo tenía un ideal: el dinero. Y cuando los pobres se presentaban ante su puerta, los despedía, sin darles nada, diciendo: “¡Trabajad y os volveréis tan ricos como yo!”. Era tan avaro que hasta prohibía a su familia todo gesto de generosidad.

Pero llegó un día en el que, como todo hombre, tuvo que morir. Esperando el juicio los muertos permanecen, generalmente, cada uno en un pequeño cuarto desde cuya ventana tienen una percepción en la dirección del Paraíso o del Infierno. Pero a él se le asignó un cuarto sin ventana.

En estas pequeñas células de espera individuales, los muertos acostumbran a encontrar provisiones. Pero el cuarto de nuestro avaro estaba totalmente vacío.

Se puso a llamar y a protestar contra esta carencia de reservas. Hasta el punto que Sidna Brahim, que se encontraba en aquellos parajes, entró y le preguntó:

― ¿Cuál es el motivo de tus protestas?
― ¡Me han traído a un cuarto de espera sin provisiones!
― ¿No tienes provisiones? Es que no las has hecho. ¡Si las hubieras preparado, las encontrarías!

Nuestro hombre, sin embargo tan previsor durante su vida, se sorprendió de haber cometido semejante negligencia. Y le suplicó a Sidna Brahim para que intercediera ante Dios para obtener una prórroga de un mes de vida terrestre a fin de repararla.

Sidna Brahim intervino y obtuvo para él un plazo de dos meses con la condición de que fuese mantenido en secreto.

Así pues, el hombre volvió a la tierra y se aplicó con diligencia a encargar toneladas de harina, de aceite, de miel, de almendras y de azúcar. Movilizó a unas mujeres del país para que le preparasen galletas, bizcochos, pasteles de sémola y, sobre todo ―¡el objeto de toda su gula!― “kâk” (pequeños pastelitos agujereados en el centro, con los que se hacen cadenas hilvanándolos con un cordel) tan deliciosos para acompañar el té.

En su casa podían verse colgados por todas partes, a lo largo de vigas y paredes, rosarios y más rosarios de kâk. Había alquilado, para estos dos meses, los servicios de un panadero que se pasaba los días y las noches cociendo los pasteles confeccionados por todas aquellas mujeres. El hombre se frotaba las manos porque, aunque no sabía la hora exacta de su futuro juicio, estaba seguro de tener pasteles para toda la eternidad.

Estaba a punto de cumplirse el último día de los dos meses de plazo. Y precisamente entonces el último plato de kâk se quemó.

Un mendigo llamó a la puerta en aquel instante. Y el hombre consintió en darle un kâk. Pero, para un mendigo, escogió el más quemado: un pequeño anillo negro y agrietado.

Puntual a la cita, Sidna Brahim hizo irrupción:

― ¿Estás listo?… ¡Sígueme!

Y lo volvió a llevar a su cuarto de espera.

El hombre creía encontrar allí la montaña de provisiones que, con tanto ahínco, había preparado.

Sólo contenía el kâk requemado que le había ofrecido al mendigo.

Más vale disipar en la caridad que ahorrar para la destrucción.
Empecemos por dar a fin de recibir sin pecar.

El justo que es enterrado vivo rompe todo lo que se opone a su resurrección.
Quien ayuda a un hombre desamparado socorre su propia vida.
El Mensaje Reencontrado XII: 64-64'; IV: 10-10'

Fuente del texto (excepto notas comparativas): revista La Puerta nº 7.
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07 agosto 2015

(Estudio comparativo del texto copto de Nag Hammadi con El Mensaje Reencontrado)



86. Dijo Jesús: «[Las zorras tienen su guarida] y los pájaros [su] nido, pero el Hijo del hombre no tiene lugar donde reclinar su cabeza (y) descansar».



Sufriremos en los mundos durante tiempos inmensos, jugaremos en la madre durante eternidades, pero sólo en Dios reposaremos para siempre.
El amor empezó con la primera separación. Reposará con la última reintegración, en el conocimiento posesivo y unitivo del Señor de los mundos.
XII: 11-11'


87. Dijo Jesús: «Miserable es el cuerpo que depende de un cuerpo, y miserable es el alma que depende de entrambos».


Pobre o rico, menospreciado o glorioso, el hombre inteligente e instruido adora a Dios sin considerar ya lo que le rodea.
Roguemos para llegar a la muerte del mundo, ya muertos al mundo.
VII: 5-5'

88. Dijo Jesús: «Los ángeles y los profetas vendrán a vuestro encuentro y os darán lo que os corresponde; vosotros dadles asimismo lo que está en vuestra mano, dádselo (y) decíos: ¿Cuándo vendrán ellos a recoger lo que les pertenece?».

Como el mono que permanece prisionero de la calabaza, con la mano obstinadamente cerrada sobre el cebo, también a nosotros nos bastaría con soltar el puñado de barro que apretamos estúpidamente en este mundo para ser devueltos a nuestra libertad primera. Sin embargo, todos se burlan de los monos y nadie entrevé su propia codicia.
Mi señor me preguntó una vez: «¿Qué me traerás el día del juicio?», y yo contesté: «Tú, en tu secreto en mí».
Entonces dijo: «Está bien. Ve pues, germina, madura y fructifica para mi cosecha», y lloré amargamente de estar aún recubierto por el barro de la tierra extranjera.
XX: 9-9'

89. Dijo Jesús: «¿Por qué laváis lo exterior del vaso? ¿Es que no comprendéis que aquel que hizo el interior no es otro que quien hizo el exterior?».

«Nada de mugre dentro, pero tampoco nada de mugre fuera». Más vale un santo purificado recubierto de barro que un malvado perfumado lleno de inmundicia, sin embargo, el Sabio se mantiene nítido por dentro y por fuera.
XXVI: 41

90. Dijo Jesús: «Venid a mí, pues mi yugo es adecuado y mi dominio suave, y encontraréis reposo para vosotros mismos».

Amigos míos, ¿no veis el número y la enormidad de vuestras enfermedades en el mundo, y no veis la labor agotadora de vuestros trabajos siempre por recomenzar?
¿No estáis fatigados de construir en el barro sin fundamento seguro, y no estáis cansados de pudriros en la agonía de la muerte desde hace tanto tiempo?
XXXIX: 46-46'

91. Ellos le dijeron: «Dinos quién eres tú, para que creamos en ti». El les dijo: «Vosotros observáis el aspecto del cielo y de la tierra, y no habéis sido capaces de reconocer a aquel que está ante vosotros ni de intuir el momento presente».

El colmo de la locura es especular sobre el porvenir, lamentarse del pasado e ignorar el presente que reposa en nosotros.
El hombre inteligente rechaza todo trabajo y toda agitación inútiles. Concentra sus pensamientos en Dios y lo busca en sí mismo.
X: 25-25'

92. Dijo Jesús: «Buscad y encontraréis: mas aquello por lo que me preguntabais antaño —sin que yo entonces os diera respuesta alguna— quisiera manifestároslo ahora, y vosotros no me hacéis preguntas en este sentido».

El ignorante pretende instruir a los que no piden nada.
El hombre Sabio calla y espera que le pregunten.
Dios prodiga todo lo que es precioso.
El mundo acapara todo lo que no tiene valor.
II: 20-20'

93. [Dijo Jesús]: «No echéis las cosas santas a los perros, no sea que vengan a parar en el muladar; no arrojéis las perlas a los puercos, para que ellos no las [....]».

Un día, Dios dirá a los cerdos: «No tiréis perlas a los hombres», ya que se habrán puesto ellos mismos por debajo de las bestias.
XXVII: 39

94. [Dijo] Jesús: «El que busca encontrará, [y al que llama] se le abrirá».

El que persigue las cosas del mundo queda muy decepcionado al final de su carrera, pero el que no busca nada se deseca en su triste mediocridad.
El que busca incansablemente a Dios y su verdad tiene una oportunidad de encontrarlos aquí abajo y la santa seguridad de acercarse a ellos en el cielo.
XIX: 57-57'

95. [Dijo Jesús]: «Si tenéis algún dinero, no lo prestéis con interés, sino dádselo a aquel que no va a devolvéroslo».

Actuemos gratuitamente lo más a menudo posible a fin de no caer en las trampas de la apariencia de los números y de las cuentas.
Intentemos adquirir el desapego de las formas temporales a fin de alcanzar el conocimiento de dentro,  que nos hará gozar plenamente de la vida oculta.
XIII: 27-27'

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Fuente del texto (excepto notas comparativas): Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

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