Versículo al azar

El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.

Seguir por email

Entrada destacada

Tao Te King - 20

XX Cuando se abandona lo aprendido, desaparecen las contrariedades. ¿Qué diferencia hay entre «¡eh!» y «¡oh!» ¿Qué distinción puede hac...

21 agosto 2015
Erase una vez un hombre inmensamente rico: varias esposas, un palacio con galerías de mármol rodeando unos jardines donde el agua de los surtidores volvía a caer en haces luminosos sobre mosaicos de oro, multitud de sirvientes. Este hombre, muy absorbido por la gestión regular de sus bienes materiales, era inteligente y valeroso en el trabajo.

Desgraciadamente, sólo tenía un ideal: el dinero. Y cuando los pobres se presentaban ante su puerta, los despedía, sin darles nada, diciendo: “¡Trabajad y os volveréis tan ricos como yo!”. Era tan avaro que hasta prohibía a su familia todo gesto de generosidad.

Pero llegó un día en el que, como todo hombre, tuvo que morir. Esperando el juicio los muertos permanecen, generalmente, cada uno en un pequeño cuarto desde cuya ventana tienen una percepción en la dirección del Paraíso o del Infierno. Pero a él se le asignó un cuarto sin ventana.

En estas pequeñas células de espera individuales, los muertos acostumbran a encontrar provisiones. Pero el cuarto de nuestro avaro estaba totalmente vacío.

Se puso a llamar y a protestar contra esta carencia de reservas. Hasta el punto que Sidna Brahim, que se encontraba en aquellos parajes, entró y le preguntó:

― ¿Cuál es el motivo de tus protestas?
― ¡Me han traído a un cuarto de espera sin provisiones!
― ¿No tienes provisiones? Es que no las has hecho. ¡Si las hubieras preparado, las encontrarías!

Nuestro hombre, sin embargo tan previsor durante su vida, se sorprendió de haber cometido semejante negligencia. Y le suplicó a Sidna Brahim para que intercediera ante Dios para obtener una prórroga de un mes de vida terrestre a fin de repararla.

Sidna Brahim intervino y obtuvo para él un plazo de dos meses con la condición de que fuese mantenido en secreto.

Así pues, el hombre volvió a la tierra y se aplicó con diligencia a encargar toneladas de harina, de aceite, de miel, de almendras y de azúcar. Movilizó a unas mujeres del país para que le preparasen galletas, bizcochos, pasteles de sémola y, sobre todo ―¡el objeto de toda su gula!― “kâk” (pequeños pastelitos agujereados en el centro, con los que se hacen cadenas hilvanándolos con un cordel) tan deliciosos para acompañar el té.

En su casa podían verse colgados por todas partes, a lo largo de vigas y paredes, rosarios y más rosarios de kâk. Había alquilado, para estos dos meses, los servicios de un panadero que se pasaba los días y las noches cociendo los pasteles confeccionados por todas aquellas mujeres. El hombre se frotaba las manos porque, aunque no sabía la hora exacta de su futuro juicio, estaba seguro de tener pasteles para toda la eternidad.

Estaba a punto de cumplirse el último día de los dos meses de plazo. Y precisamente entonces el último plato de kâk se quemó.

Un mendigo llamó a la puerta en aquel instante. Y el hombre consintió en darle un kâk. Pero, para un mendigo, escogió el más quemado: un pequeño anillo negro y agrietado.

Puntual a la cita, Sidna Brahim hizo irrupción:

― ¿Estás listo?… ¡Sígueme!

Y lo volvió a llevar a su cuarto de espera.

El hombre creía encontrar allí la montaña de provisiones que, con tanto ahínco, había preparado.

Sólo contenía el kâk requemado que le había ofrecido al mendigo.

Más vale disipar en la caridad que ahorrar para la destrucción.
Empecemos por dar a fin de recibir sin pecar.

El justo que es enterrado vivo rompe todo lo que se opone a su resurrección.
Quien ayuda a un hombre desamparado socorre su propia vida.
El Mensaje Reencontrado XII: 64-64'; IV: 10-10'

Fuente del texto (excepto notas comparativas): revista La Puerta nº 7.