Seguir por email

Entrada destacada

El Libro está dedicado al mejor de los pueblos

Versículos de El Mensaje Reencontrado A Dios no le interesa mucho nuestra situación en este mundo. Considera, más bien, el estado de...

Versículo al azar

El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
25 diciembre 2013

El Mensaje Reencontrado

NUIT REVEE — EL MANANTIAL

(extractos)

Nuestra gloria es dejar a Dios operar en nosotros sin trabas.
«El intelecto es la espada llameante y giratoria que nos prohíbe la entrada del jardín de Edén.»
El amor santo es como un vaivén que religa entre ellas, y a su manantial divino, las criaturas extraviadas en la muerte.

El Libro enseña a salir de la muerte y a reposar en la vida, pero ¿cuántos de entre los creyentes se apasionan por este misterio?

La coacción es algo totalmente ajeno a Dios y al Sabio, pues habitan la libertad donde no hay oscuridad ni muerte.
Los mediocres se corromperán en la muerte hasta que se abran en el abandono de la gracia y en la generosidad del amor.

Gobernemos una vez nuestra agitación y disfrutaremos de la vida en medio mismo de la muerte del mundo.
Conservemos el desapego y el júbilo de la santidad y todo se nos volverá fácil y sencillo.

La gran purificación es amar, contemplar, conocer, poseer y reposar.

Consideremos la paz interior y permanezcamos lo más posible ausentes de este mundo.

Dios hace mover los mundos atrayendo lo que es luminoso y rechazando lo que es oscuro.
El sol fecunda la vida que asciende y que desciende. Es como el centro de cada mundo, ya sea infinitamente grande, ya sea infinitamente pequeño.

Aprovechemos el más pequeño respiro que nos conceda el mundo para conversar con aquel que está siempre atento dentro de nosotros mismos.

Quien cree llegar hasta Dios sin conocer al hombre y la naturaleza es más ignorante que una lombriz.
Todo lo que cae del cielo se acumula en nuestras almas hasta que la luz nos libere de la muerte.

La mediocridad es no dar ni recibir libremente; es no amar ni aumentar; es no tener generosidad ni don; es odiar la grandeza, la belleza, el genio, la santidad y la pureza; es estar separado de la gracia y privado del amor; es pensar y actuar vilmente; es ser débil y cobarde en todas las circunstancias de la vida oculta; es oprimir lo de dentro y ser aplastado por lo de fuera.
Desenmascárate, despójate, y la Madre se te aparecerá sin velo; pero cuida que nadie añada o sustraiga, so pena de turbar la verdad que te ilumina y te anima.
«Si pudiéramos ver el mundo al descubierto, estaríamos petrificados por la sorpresa y aplastados por la vergüenza de nuestro exilio voluntario, pues Dios es la conciencia de la vida, y la vida es el cuerpo de Dios.»

Se puede ser mediocre, no hay que vanagloriarse por ello.
Todo lo que realizamos con amor está exento de aburrimiento.

No hay reposo sin conocimiento.
No hay conocimiento sin amor.
No hay amor sin la gracia.
No hay gracia sin abandono.
El que fecunda reside en el sol.
La que alimenta permanece en la tierra.
La que libera se mueve en el cielo.
El que unifica reposa en el corazón.

La luz primera fue sacada del caos por Dios y quintaesenciada en Adán.
Este no hizo más que volver a mezclar esta luz sublime con las tinieblas exteriores del no ser; por curiosidad, presunción, vanidad y desobediencia.
La unión del agua y de la tierra hace aparecer la pureza de la vestidura luminosa del Señor, y el fuego manifiesta la virtud secreta del tesoro de Dios.

El nuevo Adán, verdadero Hijo de Dios que vino, viene y vendrá, separa de nuevo la luz de las tinieblas por humildad, amor y obediencia a la ley del Único.
La mujer y el hombre interiores son los que tenemos que hacer emerger del caos mediante el auxilio divino de la gracia que abre y del amor que fecunda.

Nos corresponde a cada uno suscitar a Dios en nosotros mismos con nuestra fe particular, ya sea paciente, suave, intrépida, voluntariosa o, incluso, violenta; pero siempre animada por el fuego del amor.
El santo que reza para conocer a su Señor se abstiene de imaginar el lugar, el momento y la disposición del encuentro a fin de no obstaculizar la unión misteriosa del Único.

Dios puede permanecer sordo a toda clase de plegarias, pero no podría resistir mucho tiempo a la generosidad del amor.
La intención profunda determina los medios de la realización, ya sea para bien o para mal.

No esperemos a quedar aturdidos por la desgracia para volvernos hacia Dios.
Cuando una tentación se vuelve demasiado violenta, ofrezcámosla a Dios, que lo hace todo soportable.

Allí donde no existe la tentación, no hay combate, ni derrota, ni victoria, sino más bien reposo para los elegidos, estancamiento para los mediocres y muerte para los rebeldes.
Utilicemos modestamente los bienes de este mundo a fin de no privarnos de lo necesario, por una parte; y a fin de no ser excluidos de la sobreabundancia de Dios, por otra.

Quien no tiene la paciencia del agua, la constancia de la tierra, la sutileza del aire y la pureza del fuego, que separan y unen, no entrará en la gloria del Señor.

Lo propio del santo es prestarse a los hombres y darse a Dios.
El estudio de la creación no podría prescindir del amor del creador.

El pasado es como el tiempo de la locura.
El presente es como el tiempo de la ignorancia.
El futuro es como el tiempo de la ilusión.
Solamente la vida en Dios es como la sabiduría eterna.
Liguémonos desde ahora a Dios, a fin de que cuando llegue la desgracia pase sobre nosotros como el agua resbala sobre las plumas del pato.
«¡Oh, verdad brillante que borra toda mácula de muerte!»

Debemos reconocernos en todos los que sufren y carecen de socorro, y ofrecerles el fuego necesario para la purificación y el agua indispensable para la unión.
El loco mata y dispersa lo que vive.
El Sabio vivifica y concentra lo que parece muerto.
«Una sola sustancia, una sola esencia.Un solo alimento, una sola bebida.»

¡La vía tortuosa es cansada y la vía recta es tan cómoda!.
«La sabiduría no violenta nada, sin embargo, descubre todas las cosas.»

Oremos primero con humildad y perseverancia en las tinieblas de la fe.
Después, alabaremos con abandono y agradecimiento en la luz del amor.
Finalmente, adoraremos con superación e integración en la unidad del conocimiento.
Quien se rebela ante la debilidad y el extravío de los hombres debe esforzarse en la santidad a fin de borrar en él lo que tanto le desagrada en los demás.
«Cuando nuestro sueño sea como nuestra vigilia y nuestra vigilia como la ausencia del mundo y como la presencia de Dios, la unidad será realizada en nosotros.»

Estar ausente no es embriagarse groseramente, es permanecer vacío de deseos para que Dios pueda visitarnos libremente.
LA GRACIA que abre.

Aceptar no es tumbarse y esperar, es hacer bien lo que se debe y no considerar el resultado.
EL AMOR que hace germinar.

Estar desapegado no es volverse insensible a la creación, es dejar venir e irse todo sin coacción.
LA PUREZA que ilumina.
Hay tres soluciones posibles para los hombres aquí abajo: contar únicamente con uno mismo, como hacen los ignorantes extraviados en la noche del mundo.
Contar con uno mismo y con Dios, como hacen los creyentes que han oído hablar de la luz del comienzo.

Olvidarse de uno mismo no es excluirse del mundo y de la humanidad, es fundirse en ellos hasta poder amarlo todo y no juzgar nada.
EL SABER que une.
Contar sólo con Dios, como hacen los Sabios y los santos que conocen o se acercan al origen y al fin de todas las cosas.

Reposar no es permanecer en la muerte, es vivir en Dios y no inmiscuirse en la marcha del mundo ni en los asuntos de los hombres.
LA PAZ que equilibra.

Después de haberse perdido en Dios, la mayor alegría consiste en reencontrarse en él.
«¿Quién se presentará puro y entero ante el Señor a fin de ser hecho uno con el Único?»
LA GRATUIDAD que perpetúa.


Libro XI Apertura