Versículo al azar

El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.

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09 abril 2012

Javier B.

La gente habla y se burla de aquellos que pasan buena parte de su tiempo laboral tomando café, pero pocos sospechan que, en ocasiones, una taza de café tiene también una historia que contarnos. Lamentablemente, son muy raros los que hoy en día tienen la habilidad y la paciencia de mirar con atención y escuchar lo que nos dicen las tazas.

Esta en concreto no es una taza cualquiera, su nombre es Lucía y su creador fue el mayor de los alfareros de una época muy antigua, ya casi olvidada. ¿Cuántos años tiene Lucía? No lo sé pero, según dicen, es mucho más antigua que las pirámides de Egipto.

El alfarero para crearla usó una mezcla de barro, arcilla, oro y magia ancestral, de tal forma que Lucía tenía una particularidad, un gran don, siempre contenía una mezcla de café, agua, leche y miel, sin llegar a vaciarse nunca. Quién bebía su contenido alcanzaba una dicha inmensa que no tenía fin.

Lucía tenía vida propia y no carecía de intelecto. Su creador le dio instrucciones, muy precisas, sobre cómo debería comportarse quien la portase para no perder nunca su extraordinario don. “Jamás te llenes, que nunca se derrame tu contenido —le dijo— y todo estará bien para ti y quien te porte”.

Uno de sus portadores, que no escuchaba a las tazas, desoyó las palabras que Lucía le repetía una y otra vez sobre la norma que su creador le había impuesto y, un día, el contenido de la taza sobrepasó el borde. Ya se sabe como somos las personas ¿quién escucha a las tazas hoy en día? Antaño no era muy diferente.

Esto causó que, con el tiempo, el agua de Lucía se evaporase y la densidad de su café aumentase enormemente. Hoy es una taza desgraciada. Fíjate hasta qué punto ha aumentado la espesura de su café que, al voltear la taza, este no se cae. Ahora contiene una mezcla oscura, con un olor pestilente y ya no puede ser bebido por nadie. Ninguna persona la quiere pese a ser una taza mágica, es más, se han deshecho de ella tirándola a la basura.

Un día cualquiera, hacia finales de junio o principios de julio de un año como otro cualquiera, una niña de siete años, llamada Sofía, se encontró con Lucía en lo más alto de un monte al lado de una pequeña villa situada en un hermoso valle.

Al igual que el objeto que encontró, Sofía no era una niña cualquiera. Entendía sin esfuerzo cosas que otros sólo podían entender, parcialmente, después de darles muchas vueltas con sus pequeños razonamientos.

Como decía, Sofía encontró la taza y lo primero que hizo fue llevarla al río para lavarla de esa negrura pestilente que tenía en su interior y que deslucía su belleza. Pero, después de lavarla con agua y frotarla con estropajo infinidad de veces —era una niña muy persistente—, no consiguió nada.

—Si el agua no puede limpiar las manchas —se dijo— probaré con otros productos como el jabón, la lejía, los detergentes…

Se la llevó a su casa y así lo hizo. Usó todo lo que tenía a mano pero no consiguió nada. Esa masa viscosa no se mezclaba con ningún tipo de disolvente y era imposible limpiarla.

—¿Cómo diluir lo que no se disuelve con sustancias conocidas? Pero, ¿qué taza es esta? ¿Quién la ha creado y con qué materiales? —se preguntaba Sofía una y otra vez mirándola absorta.

Hasta que, en un momento dado, escuchó a la taza y ésta le contó toda su historia y cómo se llamaba.

—Mi nombre es Lucía y quien me creó es también un prolífico escritor, —le dijo la taza.

Este hecho hacía muy probable que, en la actualidad, existiese algún libro escrito por el mismo que creó la taza y que contuviese la fórmula secreta mediante la cual la oscuridad de Lucía podría ser blanqueada. Por lo que, sin más dilación, Sofía decidió ir a la biblioteca de su pequeña villa a ver si encontraba algún libro que le aclarase todas sus dudas y le diese una solución.

Después de buscar un rato encontró un libro muy raro titulado “Lavandera milagrosa o cómo retirar la mugre inmunda mediante la lejía de dulzura” cuyo autor era “E.A.”. En la primera página tenía escrito:

Sólo si eres una persona tan rara como yo, podrás penetrar en lo más profundo de mis páginas sin temor a perderte.

Sofía era diferente a las demás niñas, todo el mundo se lo recordaba de una u otra forma. Algunas personas se lo decían directamente, mientras que otras se lo mostraban con un mayor disimulo. Al principio no le gustaba su forma de ser, hacía que se sintiese desdichada, ya que en este mundo lo que se sale de la norma es considerado malo y todos desconfían —y se alejan— de quienes consideran diferentes. Pero, con el tiempo, empezó a acostumbrarse, aceptarse y a querer conocerse mejor a sí misma.

—Este abandono es como una salvaguardia para mí, —se decía.

Por su forma de ser, Sofía vio una oportunidad única de adentrarse en el libro y no temer perderse. Así lo hizo. Todas las tardes, con mucha constancia, al salir del colegio, se acercaba a la biblioteca de la pequeña villa a encontrarse con el que, poco a poco, se convirtió en su amigo. Al principio no comprendía nada pero, a medida que lo leía y releía, poco a poco veía todo con mayor claridad. Comprendió que el libro hablaba, aparentemente, de muchas cosas pero que, en realidad, todo se reducía a una manera ancestral de limpiar la loza.

En tiempos pasados, cuando aún no habían sido inventados los detergentes y los jabones, las personas conocían un método que podía superarlos a todos en cuanto a su efectividad, además de ser lo más natural que existe. Pero la fórmula no se mostraba a primera vista, el libro exigía que aquellos que llegasen a descubrir el método antes mostrasen un sincero interés. De alguna forma escogía y probaba a sus lectores.

Después de muchos meses de lectura Sofía encontró la fórmula:

  • unas gotas de rocío de mayo recogidas en año bisiesto
  • una pizca de sal mineral no languidecida sin quymica 
  • vinagre muy ácido de vino blanco albariño cosechado en tiempos de Calígula…

La fórmula continuaba con varios ingredientes más que no procede hacerlos públicos. Pero, este último ingrediente que señalo, ha sido el que, sin lugar a dudas, más le ha costado conseguir a nuestra amiga. Relatar sus aventuras sobre cómo llegó a conseguirlo es otra historia que no viene a —este— cuento.

No sólo consiguió todos los ingredientes sino que llegó a mezclarlos en su justa proporción y, al probar la mezcla, observó, no sin sorpresa, que la mancha se limpió sin ningún esfuerzo.

Hoy la taza vuelve a lucir muy limpia en un lugar preeminente del interior de su casa. Su brillo contiene todos los colores del arcoíris por lo que es motivo de asombro para sus familiares y amigos. Por si esto fuera poco, Lucía, como decía al principio, es un objeto mágico y, como cuando fue creada, vuelve a estar siempre llena con una mezcla de café, agua, leche y miel. Además de estos cuatro ingredientes dispone de un fuego interior que mantiene el contenido caliente.

De esta manera Sofía se rodeó de amigos, ya que todos quieren probar el café de esa extraordinaria obra de arte tan antigua y rara. Un solo sorbo devuelve la salud y la alegría a quien lo prueba.

Sofía observa con atención y escucha a su nueva amiga. Una cosa tiene muy clara:

—No cometeré el error de hacer que rebose. Jamás osaré intentar conocer su límite.