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El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.
23 mayo 2010

René Guénon


Puesto que nos hemos visto conducidos a hablar de los Rosa-Cruz, quizá no sea inú­til, aunque este tema se relacione con un caso particular más bien que con la iniciación en general, añadir algunas precisiones, ya que el nombre de Rosa-Cruz es, en nuestros días, empleado de una manera vaga y a menudo abusiva, y aplicado indistintamente a los personajes más diferentes, de entre los cuales muy pocos, sin duda, tendrían real­mente derecho a ello. Con objeto de evitar todas estas confusiones, parece que lo mejor sería establecer una distinción clara entre Rosa-Cruz y Rosacrucianos, pudiendo este último término recibir sin ningún inconveniente mayor extensión que el primero; y es probable que la mayoría de los pretendidos Rosa-Cruz, comúnmente llamados así, no fueran realmente sino Rosacrucianos. Para comprender la utilidad y la importancia de esta distinción, es preciso en primer lugar recordar que, como ya hemos dicho hace un momento, los verdaderos Rosa-Cruz jamás han constituido una organización con formas exteriores definidas, y no obstante ha habido, a partir de los inicios del siglo XVII al menos, numerosas organizaciones a las que se puede calificar de Rosacrucianas[1], lo cual no quiere decir en absoluto que sus miembros fueran Rosa-Cruz; se puede incluso estar seguro de que no lo eran, y esto por el único hecho de que formaran parte de tales aso­ciaciones, lo que a primera vista puede parecer paradójico e incluso contradictorio, pero que es no obstante fácilmente comprensible después de las consideraciones anterior­mente expuestas.

La distinción que indicamos está lejos de reducirse a una simple cuestión de termi­nología, y se relaciona en realidad con algo que es de un orden mucho más profundo, puesto que el término de Rosa-Cruz es propiamente, como hemos explicado, la designa­ción de un grado iniciático efectivo, es decir, de un determinado estado espiritual, cuya posesión, evidentemente, no está unida de manera necesaria al hecho de pertenecer a cierta organización definida. Lo que representa es lo que se puede llamar la perfección del estado humano, pues el propio símbolo de la Rosa-Cruz figura, por los dos elemen­tos de los que está compuesto, la reintegración del ser en el centro de este estado y la plena expansión de sus posibilidades individuales a partir de este centro; indica enton­ces muy exactamente la restauración del "estado primordial", o, lo que viene a ser lo mismo, el término de la iniciación en los "Pequeños Misterios". Por otro lado, desde el punto de vista al que podemos llamar "histórico", es preciso tener en cuenta el hecho de que esta denominación de Rosa-Cruz, unida expresamente al uso de cierto simbolismo, no ha sido empleada más que en ciertas circunstancias determinadas de tiempo y lugar, fuera de las cuales sería ilegítimo aplicarla; se podría decir que aquellos que poseían el grado del cual se trata han aparecido como Rosa-Cruz solamente en estas circunstancias y por razones contingentes, al igual que han podido, en otras circunstancias, aparecer bajo otros nombres y otros aspectos. Esto, por supuesto, no significa que el símbolo al cual este nombre se refiere no pueda ser mucho más antiguo que el empleo que se le ha dado, e incluso, como para todo símbolo verdaderamente tradicional, sería sin duda completamente vano buscarle un origen definido. Lo que queremos decir es solamente que el nombre extraído del símbolo no ha sido aplicado a un grado iniciático más que a partir del siglo XIV, y, además, únicamente en el mundo occidental; no se aplica enton­ces sino en relación con cierta forma tradicional, la del esoterismo cristiano, o, más pre­cisamente, la del hermetismo cristiano; volveremos más adelante sobre lo que es preciso entender exactamente por el término "hermetismo".

Lo que acabamos de decir está indicado por la propia leyenda de Christian Rosen-kreutz, cuyo nombre es por lo demás puramente simbólico, y en quien es dudoso que deba verse un personaje histórico, como algunos han afirmado, pues más bien aparece como la representación de lo que puede llamarse una "entidad colectiva"[2]. El sentido general de la "leyenda" de este supuesto fundador, y en particular de los viajes que le son atribuidos[3], parece ser el de que, tras la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados del esoterismo cristiano se reorganizaron, de acuerdo con los iniciados del esoterismo islámico, para mantener, en la medida de lo posible, el lazo que aparente­mente había sido roto a causa de esta destrucción; pero esta reorganización debió hacer­se en una forma más oculta, invisible en cierto modo, y sin tomar su punto de apoyo en una institución exteriormente conocida que, como tal, habría podido ser destruida una vez más[4]. Los verdaderos Rosa-Cruz fueron propiamente los inspiradores de esta reor­ganización, o, si se desea, fueron los poseedores del grado iniciático del cual hemos hablado, considerados especialmente en tanto que desempeñaron este papel, que se continuó hasta el momento en que, después de otros acontecimientos históricos, el lazo tradicional de que se trata fue definitivamente roto para el mundo occidental, lo cual se produjo en el curso del siglo XVII[5]. Se dice que los Rosa-Cruz se retiraron entonces a Oriente, lo que significa que no hubo a partir de ese momento en Occidente ninguna iniciación que permitiera alcanzar efectivamente este grado, y también que la acción que se había ejercido hasta entonces para la conservación de la enseñanza tradicional correspondiente dejó de manifestarse, al menos de forma regular y normal[6].

En cuanto a saber quiénes fueron los verdaderos Rosa-Cruz, y afirmar con certeza si tal o cual personaje fue uno de ellos, parece completamente imposible, debido al hecho de que se trata esencialmente de un estado espiritual, luego puramente interior, del cual sería muy imprudente querer juzgar por cualquier signo exterior. Además, en razón de la naturaleza de su papel, estos Rosa-Cruz no han podido, como tales, dejar ninguna huella visible en la historia profana, de manera que, incluso aunque sus nombres pudie­ran ser conocidos, no dirían sin duda nada a nadie; a este respecto, volveremos por otra parte a lo que ya hemos dicho acerca de los cambios de nombre, y que explica suficien­temente aquello que puede ser en realidad. En cuanto a los personajes cuyos nombres son conocidos, especialmente como autores de tal o cual escrito, y que son designados comúnmente como Rosa-Cruz, lo más probable es que, en muchos casos, fueran in­fluenciados o inspirados más o menos directamente por los Rosa-Cruz, a los cuales sirvieron en cierto modo de portavoces[7], lo que expresaremos diciendo que fueron sola­mente Rosacrucianos, hayan o no pertenecido a cualquiera de las agrupaciones a las que puede darse la misma denominación. Por el contrario, si se descubre excepcional y co­mo accidentalmente que un verdadero Rosa-Cruz haya desempeñado un papel en los acontecimientos exteriores, sería en cierto modo a pesar de su calidad más bien que a causa de ella, y entonces los historiadores pueden estar muy lejos de suponer esta cali­dad, pues de tal manera ambas cosas pertenecen a dominios diferentes. Todo ello, con seguridad, es poco satisfactorio para los curiosos, pero deben resignarse; muchas cosas escapan a los medios de la investigación de la historia profana, que forzosamente, por su naturaleza, nos permiten captar nada más que lo que puede llamarse el "exterior" de los acontecimientos.

Todavía es necesario añadir otra razón por la cual los verdaderos Rosa-Cruz perma­necen siendo siempre desconocidos: es que ninguno de ellos puede jamás afirmarse co­mo tal, al igual que, en la iniciación islámica, ningún auténtico Sufí puede vanagloriarse de este título. Hay aquí incluso una similitud que es particularmente interesante señalar, aunque, a decir verdad, no hay equivalencia entre ambas denominaciones, pues lo que en la palabra Sufí está implicado es en realidad de un orden más elevado que lo que indica la de Rosa-Cruz y se refiere a posibilidades que sobrepasan a las del estado hu­mano, incluso considerado en su perfección; debería, con todo rigor, estar reservada exclusivamente al ser que ha llegado a la realización de la "Identidad Suprema", es de­cir, al fin último de toda iniciación[8]; pero es evidente que tal ser posee a fortiori el grado que hace al Rosa-Cruz y puede, si ha lugar, cumplir las funciones correspondientes. Comúnmente se hace por lo demás el mismo abuso con la palabra Sufí que con la de Rosa-Cruz, llegando a aplicarla a veces a aquellos que solamente están sobre la vía que conduce a la iniciación efectiva, sin haber alcanzado aún ni siquiera los primeros gra­dos de ésta; y puede notarse con este propósito que semejante extensión ilegítima es dada no menos usualmente a la palabra Yogui en lo que concierne a la tradición hindú, si bien esta palabra, que también designa propiamente a aquel que ha alcanzado el objetivo supremo, y que es el exacto equivalente de Sufí, llega a ser aplicada a quienes no están aún sino en los estadios preliminares e incluso en la preparación más exterior. No sola­mente en tal caso, sino también para quien ha llegado a los grados más elevados, sin no obstante haber alcanzado el término final, la denominación que conviene propiamente es la de mutaçawwuf; y, como el Sufí no está marcado por ninguna distinción exterior, esta denominación será también la única que podrá tomar o aceptar, no en virtud de consideraciones puramente humanas como la prudencia o la humildad, sino porque su estado espiritual constituye verdaderamente un secreto incomunicable[9]. Una distinción análoga a esta, en un orden más restringido (puesto que no sobrepasa los límites del estado humano) es la que se puede expresar con los términos Rosa-Cruz y Rosacruciano, pudiendo este último designar a todo aspirante al estado de Rosa-Cruz, sea cual sea el grado que haya alcanzado efectivamente, incluso aunque todavía no haya recibido más que una iniciación simplemente virtual en la forma en la cual esta designación con­viene propiamente de hecho. Por otra parte, se puede deducir de lo que acabamos de decir una especie de criterio negativo, en el sentido en que, si alguien se declara a sí mismo Rosacruz o sufí, se puede entonces afirmar, sin tener necesidad de examinar las cosas más a fondo, que ciertamente no lo es en realidad.

Otro criterio negativo resulta del hecho de que los Rosa-Cruz no se unieron jamás a ninguna organización exterior; si alguien es conocido como habiendo sido miembro de una organización tal, puede entonces afirmarse que, al menos en tanto formó parte acti­vamente, no fue un verdadero Rosacruz. Es de señalar además que las organizaciones de este género no llevaron el título de Rosa-Cruz sino muy tardíamente, puesto que no se las ve aparecer así, como dijimos antes, sino hasta el siglo XVII, es decir, poco antes del momento en que los verdaderos Rosa-Cruz se retiraron de Occidente; y es además visi­ble, por muchos indicios, que quienes se dieron entonces a conocer bajo este título esta­ban ya más o menos desviados, o, en todo caso, muy alejados de la fuente original. Con mayor razón ocurre para las organizaciones que se constituyeron aún más tarde bajo el mismo nombre, y de las cuales la mayor parte no habrían podido sin duda reclamar para ellas, con respecto a los Rosa-Cruz, ninguna filiación auténtica y regular, por indirecta que fuera[10]; y no hablamos, por supuesto, de las múltiples formaciones pseudo-iniciáticas contemporáneas que no tienen de Rosa-Cruz sino el nombre usurpado, no poseyendo ninguna traza de una doctrina tradicional cualquiera, y habiendo simple­mente adoptado, por una iniciativa totalmente individual de sus fundadores, un símbolo al que cada uno interpreta según su propia fantasía, a falta de conocer su verdadero sen­tido, que escapa tan completamente a estos pretendidos Rosacrucianos como al primer profano que aparezca.

Todavía hay un punto sobre el cual debemos regresar para una mayor precisión: he­mos dicho que debió haber, en el origen del Rosacrucismo, una colaboración entre los iniciados de los esoterismos cristiano e islámico; esta colaboración debió además conti­nuarse seguidamente, puesto que se trataba en definitiva de conservar el lazo entre las iniciaciones de Oriente y de Occidente. Iremos incluso más lejos: los mismos persona­jes, ya provengan del Cristianismo, ya del Islam, han podido, si han vivido en Oriente y en Occidente, (y las constantes alusiones a sus viajes, dejando aparte todo simbolismo, hace pensar que éste debió ser el caso de muchos de ellos) ser a la vez Rosa-Cruz y Sufí (o mutaçawwufin de grados superiores), implicando el estado espiritual que habían al­canzado que estaban más allá de las diferencias que existen entre las formas exteriores, y que no afectan en nada a la unidad esencial y fundamental de la doctrina tradicional. Por supuesto, no deja de ser conveniente mantener, entre Taçawwuf y Rosacrucismo, la distinción entre dos formas diferentes de enseñanza tradicional; y los Rosacrucianos, discípulos más o menos directos de los Rosa-Cruz, son únicamente aquellos que siguen la vía especial del hermetismo cristiano; pero no puede haber ninguna organización iniciática plenamente digna de este nombre y que posea la conciencia efectiva de su obje­tivo que no tenga, en la cúspide de su jerarquía, seres que hayan superado la diversidad de las apariencias formales. Estos podrán, según las circunstancias, mostrarse como Rosacrucianos, como mutaçawwufin, o con cualquier otro aspecto; son verdaderamente el lazo viviente entre todas las tradiciones, porque, debido a su conciencia de la unidad, participan efectivamente de la gran Tradición primordial, de la cual todas las demás han derivado por adaptación a los tiempos y los lugares, y que es una como la Verdad mis­ma.
* Primera versión publicada en «Le Voile d'Isis», mayo de 1931. Reescrito como capítulo de Aperçus sur l’Initiation.

[1] Es a una organización de este género a la que pertenecía especialmente Leibnitz; hemos hablado en otro lugar de la inspiración manifiestamente rosacruciana de algunas de sus concepciones, aunque tam­bién hemos demostrado que no era posible considerar que hubiera recibido algo más que una iniciación simplemente virtual, y además incompleta incluso bajo el aspecto teórico (ver Les Principes du Calcul infinitesimal).

[2] Esta "leyenda" es en suma del mismo género que las otras "leyendas" iniciáticas a las cuales hemos aludido anteriormente.

[3] Recordaremos aquí la alusión que hicimos más arriba al simbolismo iniciático del viaje; hay, por lo demás, especialmente en conexión con el hermetismo, muchos otros viajes, como los de Nicolás Flamel, por ejemplo, que parecen tener ante todo un significado simbólico.

[4] De ahí el nombre de "Colegio de los Invisibles" dado a veces a la colectividad de los Rosa-Cruz.

[5] La fecha exacta de esta ruptura está indicada, en la historia exterior de Europa, por la conclusión de los tratados de Westfalia, que pusieron fin a lo que aún subsistía de la "Cristiandad" medieval para susti­tuirla por una organización puramente "política", en el sentido moderno y profano de la palabra.

[6] Sería inútil pretender determinar "geográficamente" el lugar de retiro de los Rosa-Cruz; de entre to­das las aserciones que hay con respecto a este tema, la más real es ciertamente la de que se retiraron al "reino del Preste Juan", que no es, como hemos explicado en otro lugar (Le Roi du Monde, pp. 13-15), sino una representación del centro espiritual supremo, donde están en efecto conservadas en estado laten­te, hasta el fin del ciclo actual, todas las formas tradicionales que, por una u otra razón, han dejado de manifestarse al exterior.

[7] Es muy dudoso que un Rosa-Cruz haya jamás escrito nada, y, en todo caso, no podría ser más que de una manera estrictamente anónima, impidiéndole su propia cualidad el presentarse entonces como un simple individuo hablando en su nombre.

[8] Es interesante indicar que la palabra Sufí, por el valor de las letras que la componen, equivale numé­ricamente a el-hikmah el-ilahiyah, es decir, "la Sabiduría divina". La diferencia entre el Rosa-Cruz y el Sufí se corresponde exactamente con la que existe, en el Taoísmo, entre el "hombre verdadero" y el "hombre trascendente".

[9] Es éste por otra parte, en árabe, uno de los sentidos de la palabra sirr, "secreto", en el particular em­pleo que hace la terminología "técnica" del esoterismo.

[10] Probablemente fue así, en el siglo XVIII, para organizaciones tales como la que fue conocida bajo el nombre de "Rosa-Cruz de Oro".