Versículo al azar

El Mensaje Reencontrado

Libro XXVIII

NI REVÉTUEEL BARRO

27. Si nos preguntan qué es el Libro, respondamos: una piedra sobre la cual se apoyan firmemente los creyentes y un manantial del cual extraen agua sin cesar.

27'. 36 opiniones conocidas simultáneamente.
36 oficios aprendidos de una vez.
36 cosas hechas al mismo tiempo.
36 luces vistas de repente.
36 deseos realizados en uno solo.
36 religiones reunidas en una fe.

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05 abril 2008

(THESAURUS THESAURORUM ALCHIMISTORUM)

Paracelso

La naturaleza engendra este mineral en el seno de la tierra. Hay dos especies, que se pueden hallar en diversas localidades de Europa. El mejor que yo he tenido y que ha resultado bueno despues del ensayo, es exterior en la figura del mundo superior, al Oriente de la esfera solar. El segundo se encuentra en el astro meridional y también en la primera flor que el muérdago de la tierra produce sobre el astro. Después de la primera fijación se vuelve rojo; en él están ocultas todas las flores y todos los colores minerales. Los Filósofos han escrito mucho sobre él porque es de una naturaleza fría y húmeda, vecina de la del agua. Para todo lo que es ciencia y experiencia, los Filósofos que me han precedido han tomado por blanco la Roca de la verdad, pero ninguno de sus tiros encontró el centro. Han creído que el Mercurio y el Azufre eran los principios de todos los metales, y no han mencionado, ni por asomo, al tercer principio. No obstante, si por el arte espagírico, se separa más que el Agua, me parece que la Verdad que proclamo está suficientemente demostrada; ni Galeno, ni Avicena la conocían. Si tuviese que descubrir para nuestros excelentes físicos el nombre, la composición, la disolución y coagulación, si tuviera que decir cómo obra la naturaleza en los seres desde el comienzo del mundo, escasamente me bastaría un año para explicarlo, y las pieles de vaca de toda una ganadería para escribir.

Ahora bien, yo afirmo que en ese mineral se encuentran tres principios, que son: el Mercurio, el Azufre y el Agua metálica que sirvió para nutrirle; la ciencia espagírica puede extraer esta última de su propio jugo cuando no está del todo madura, a mitad del otoño, como la pera en el árbol. El árbol contiene la pera en potencia. Si los astros y la naturaleza concuerdan, el árbol emite primero ramas hacia el mes de marzo, después brotan las yemas, se abren, aparece la flor, y así sucesivamente, hasta que en otoño madura la pera. Lo mismo sucede con los metales. Nacen de un modo semejante en el seno de la tierra que los Alquimistas que buscan el Tesoro de los tesoros anoten esto cuidadosamente. Les indicaré el camino, el comienzo, el medio y el fin: en lo que sigue, voy a describir el agua, el azufre y el bálsamo particular del tesoro. Por la resolución y la conjunción, esas tres cosas se unirán en una.

DEL AZUFRE AL CINABRIO

Toma cinabrio mineral y trabaja así: Cuécele con el agua de lluvia en una vasija de piedra durante tres horas; purifícale en seguida con cuidado y disuelve en un agua regia compuesta de partes iguales de vitriolo, nitro y sal amoniaco (otra fórmula: vitriolo, salitre, alumbre y sal común). Destila en un alambique, cohobando. Separarás así cuidadosamente lo puro de lo impuro. Pon en seguida a fermentar, durante un mes, en el estiércol de caballo. Después separa los elementos según lo que sigue: cuando aparezca el signo, comienza a destilar en el alambique con el fuego del primer grado. Subirán el agua y el aire; el fuego y la tierra permanecerán en el fondo. Cohoba y pon el alambique en el fuego de cenizas. El agua y el aire subirán primero, después el elemento del fuego, que los artistas hábiles reconocerán fácilmente. La Tierra quedará en el fondo del alambique, tú la recogerás: muchos la han buscado y pocos la hallaron. Prepararás, según el Arte, esta tierra muerta en un hornillo de reverbero; después le aplicarás el fuego del primer grado durante quince días y quince noches. Hecho esto, le aplicarás el segundo grado durante: otros tantos días y noches (tu materia habrá sido encerrada en un recipiente herméticamente cerrado). Finalmente encontrarás una sal volátil semejante a un álcali muy ligero, que contiene en sí la esencia del fuego y de la tierra. Mezcla esa sal con los dos elementos que has puesto aparte, el aire y el agua. Calienta sobre cenizas durante ocho días y ocho noches, y encontrarás lo que muchos artistas han descuidado. Separa, de acuerdo con las reglas del arte espagírico y recogerás una tierra blanca privada de su tintura. Toma el elemento del fuego y la sal de la tierra y haz digerir en el pelícano para extraer la esencia. Se separará de nuevo una tierra que pondrás aparte.

DEL LEON ROJO

En seguida toma el león que ha pasado primero al recipiente en cuanto percibas su tintura, es decir, el fuego, que se mantiene sobre el agua, el aire y la tierra. Sepárale de sus impurezas por trituración. Tendrás entonces el verdadero oro potable. Riégale con alcohol de vino para lavarle: destila después en un alambique, hasta que por el gusto ya no distingas más la acidez del agua regia. Encierra inmediatamente con cuidado este aceite de sol en una retorta cerrada herméticamente. Calienta para elevarlo, de suerte que se sublime y se desdoble. Coloca entonces el recipiente, siempre bien cerrado, en un lugar fresco. Calienta otra vez para elevar, colócalo de nuevo al fresco para condensar. Repite esta maniobra tres veces. Así obtendrás la tintura perfecta del sol. Resérvala para más tarde.

DEL LEON VERDE

Toma vitriolo de Venus, preparado según las reglas del arte espagírico; agrégale los elementos del agua y del aire que apartaste. Mezcla: haz putrificar durante un mes como se ha descrito. Terminada la putrefacción, notarás el signo de los elementos. Separa y pronto verás dos colores, el blanco y el rojo.El rojo esta encima del blanco. La tintura roja del vitriolo es tan poderosa que tiñe de rojo todos los cuerpos blancos, y de blanco todos los cuerpos rojos, lo cual es maravilloso. Trabaja con esta tintura en una retorta y veras salir en ella su negrura. Vuelve a poner en la retorta lo que ha destilado, y repite hasta que obtengas un líquido blanco. Sé paciente no desesperes de la Obra. Rectifica hasta que encuentres el león verde, brillante y verdadero, que reconocerás por su gran peso. Es la tintura del Oro. Contemplarás los signos admirables de nuestro león verde, al que ninguno de los tesoros del león romano podrían pagar. ¡Gloria a quien ha sabido hallarle y sacar de él la tintura! 

Es el verdadero bálsamo natural de los planetas celestes; impide la putrefacción de los cuerpos, y no permite a la lepra, a la gota, ni a la hidropesía, que se implanten en el cuerpo humano. Cuando ha sido frecuentado con el azufre del oro, se le prescribe en dosis de un grano. ¡Ah! Carlos el alemán, ¡qué has hecho de tus tesoros de ciencia! ¿Dónde están tus físicos? ¿Dónde tus doctores? ¿Dónde están esos bandidos que purgan y ordenan medicinas impunenente? Tu firmamento está trastornado; tus astros, fuera de sus órbitas, se pasean muy lejos de la ruta pantanosa que les había sido trazada; así es que tus ojos han sido heridos por ceguera, como por un carbón incandescente, cuando has contemplado nuestro esplendor y nuestro orgullo soberbio. Si tus adeptos supieran que su príncipe Galeno (que está en el infierno) me ha escrito cartas para reconocer que tengo razón, harían el signo de la cruz con una cola de zorro. ¡Y vuestroAvicena! está sentado en el umbral de los infiernos; he discutido con él de su oro potable, de la tintura física, de la mitridática y de la triaca.

¡Oh! hipócritas, que despreciáis las verdades que os enseña un verdadero médico, instruido por la naturaleza, hijo del mismo Dios! Seguid, impostores, que no prevalecéis más que con ayuda de elevadas protecciones. ¡Pero paciencia!, después de mi muerte, mis discípulos se levantarán contra vosotros, os arrastrarán a la faz de los cielos a vosotros y a vuestras sucias drogas, que os sirven para envenenar a los príncipes y a los grandes de la cristiandad.

¡Desgraciadas de vuestras cabezas el día del juicio!

Yo, en cambio, sé que mi reino llegará. Reinaré en el honor y la gloria. No soy yo quien me alaba, es la Naturaleza, porque Ella es mi madre y yo le obedezco todavía. Ella me conoce y yo la conozco. La luz que está en ella, yo la he contemplado, la he demostrado en el Microcosmos y la he vuelto a encontrar en el Universo. Pero debo volver a mi tema para satisfacer los deseos de mis discípulos, a quienes favorezco con gusto, cuando están provistos de las luces naturales, cuando conocen la astrología y sobre todo cuando son hábiles en filosofía, que nos enseña a conocer la materia de todo. Toma cuatro partes del Agua metálica que ya he descrito, dos partes de la Tierra de Sol rojo, una parte de Azufre del Sol. Pon todo en un pelícano, solidifica y desagrega tres veces. Así tendrás la Tintura de los alquimistas. No hablaremos aquí de sus propiedades puesto que están indicadas en el libro de las Transmutaciones. Con una onza de Tintura de Sol, podrás tenir de Sol mil onzas; si posees la tintura del Mercurio, podrás teñir igualmente por completo el cuerpo del Mercurio vulgar. Del mismo modo la tintura de Venus transmutará completamente en metal perfecto el cuerpo de Venus. Todas esas cosas han sido confirmadas por la experiencia. Lo mismo se puede decir para las tinturas de los demás planetas: Saturno, Júpiter, Marte y la Luna. Porque de esos metales se sacan también tinturas: aquí no diremos nada acerca de ello, porque ya lo hemos hablado ampliamente en el tratado de Natura Rerum y en Archidoxorum. He descrito suficientemente para los espagiristas la materia prima de los metales y minerales; ahora, ya conocen la tintura de los alquimistas. No menos de nueve meses hacen falta para preparar esta tintura; por tanto, trabaja con ardor, sin desalentarte: durante cuarenta días alquímicos, fija, extrae, sublima, putrifica y coagula en piedra, y por fin obtendrás el Fénix de los filósofos.


Pero no olvides que el azufre del cinabrio es un águila que vuela sin hacer viento y transporta el cuerpo del viejo Fénix a un nido donde se nutre con el elemento del fuego. Sus crías le arrancan los ojos, lo cual produce la blancura. Es el bálsamo de sus intestinos que da la vida al corazón, según lo que los cabalistas han enseñado.