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ICARO VII-X

 (versículos de El Mensaje Reencontrado)

Cuando los burlones estén sumergidos en el fango de la muerte les preguntaremos: «Y ahora, ¿dónde están vuestros chistes?». Y no habrá más que aullidos de bestia por toda respuesta.
Si no podemos ser como el que instruye, esforcémonos al menos en no parecernos a los que extravían.
«¡Señor, libéranos del espíritu rebelde que nos come el corazón!»

Sólo los que han visto al Señor al descubierto pueden enseñar a los hombres y restablecer sus leyes, pero no violentan ninguna criatura, a ejemplo de Dios, su padre.
Los grandes Sabios y los grandes profetas son los pastores de los inmensos rebaños de hombres que pertenecen a Dios.

¿Para qué pueden servirnos los múltiples conocimientos exteriores si ignoramos el centro que los resume todos?

El hombre temible es el que quiere hacer obligatoriamente felices a los demás; después viene el que quiere hacerles desgraciados.

Ninguna religión tiene el monopolio de Dios, ya que él es único y ellas son diversas.

Toda ciencia, toda religión y toda jurisdicción que se aparta de las leyes naturales y divinas es falsa y conduce a la muerte.

Podemos ridiculizar las creencias, corromper las iglesias, complicar las leyes, derrocar los poderes, violentar la naturaleza y trastornar las naciones; de este modo no cambiaremos nada en las tinieblas de nuestros corazones, donde espera con paciencia la luz del mundo.

El amor de Dios y de los hombres jamás debe llegar hasta la demencia, que es una destrucción de uno mismo y de los demás.
La iluminación es a menudo expansiva.
La sabiduría no es jamás fanática.

El hombre santo y Sabio no juzga a nadie, instruye por el ejemplo como hace la naturaleza del Señor.

Rogaremos eficazmente en el deseo, en la imaginación y en el amor; y no con los labios, con los gestos y con el miedo.

Todos pierden su tiempo y su vida ante Dios: creyentes e impíos, honrados y criminales, trabajadores y holgazanes, inteligentes e idiotas, ascetas y libertinos, sabios e ignorantes, genios y mediocres, gloriosos e ignorados, diestros y torpes, jóvenes y viejos, ricos y pobres, civilizados y salvajes, todos, excepto el que busca locamente a su Señor aquí abajo sin distracción ni reposo, excepto el que pone mano en el limo primero y hace la obra de Dios.